Mostrando entradas con la etiqueta Textos propios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Textos propios. Mostrar todas las entradas

viernes, 15 de noviembre de 2019

Nieve roja

El día nace envuelto en el silencio. Hoy, los golpes agrios del martillo contra el gong parecen afelpados. Una luz blanca, sin matices, entra por la puerta. Es la nieve, la primera de este breve otoño, cuando ya los líquenes comienzan a cubrir los troncos de los abetos. Se acabaron las setas, las bayas de serval, las larvas; a partir de ahora solo comeremos el rancho mermado, un cuenco de agua caliente con una cucharada de papilla de alforfón o de avena, de vez en cuando un poco de grasa rancia. Se acabaron los festines del verano, los arándanos, las frambuesas que chupábamos durante horas, y las setas traidoras, que a tantos compañeros se han llevado.

     Pronto comenzará de nuevo el mismo invierno, el décimo que paso en este campo. Soy, creo, el último que sobrevive de mi quinta, si es que puede decirse que estoy vivo. A la mayoría, por suerte, ya los he olvidado; pero algunos se clavan en mi memoria y se resisten a perderse entre la nieve del pasado.

     Un kulak tártaro, ya anciano, que aprendió el ruso a golpes. ¡Arriba! ¡Camina! ¡Más deprisa! ¡No te muevas! ¡Fuera! En sus últimas horas, reducido a pocos huesos y un pellejo, los ojos hundidos, musitaba incansable todas las órdenes que había recibido en cuatro años.

     El tractorista Piotr Ivanóvich, fuerte como un reno cuando llegó, indomable, hecho un  bloque de hielo al borde del camino aquel invierno, firme toda la noche como le habían ordenado, cubierto por una nieve evanescente.

     Un escritor, según él famoso en el continente, que inventaba una nueva historia cada día y luego trataba de contárnosla por la noche, a cambio de un trozo de pan o de una calada. Ocho años duró antes de caerle un tronco encima.

     León Ibraimov, judío de Leningrado, bolchevique de la primera hornada, que atesoraba docenas de poemas en su memoria inagotable, pero no soportó los dos meses del traslado en tren. Una gran pérdida.

     Podría seguir recordando nombres durante días o semanas, mientras la nieve va borrando las formas de los árboles, los senderos del bosque; todo desaparece, menos las alambradas.

     Hoy, en cambio, no son los compañeros muertos los que me vienen a la cabeza, sino algunos olores a punto de desaparecer de  mi memoria. Nunca los perfumes de mis amigas olvidadas, la cera de los suelos ni las flores del cerezo, sino aromas más concretos: tocino frito, remolacha, jabón. ¿Cómo olerá un recién nacido? Esos recuerdos se van evaporando, sustituidos por otros cotidianos. El hedor de cien hombres sin aseo. Los piojos ardiendo en la estufa. Las botas de fieltro, putrefactas, que no aguantarán hasta la primavera. Y la nieve. La recién caída huele a limpio, a nueva, a pisadas de zorro. La sucia son orines, sudor muerto, enfermedad. Por eso me gusta que hoy haya nevado por primera vez. El bosque estará recién nacido, cubierto a penas por una sábana ligera. El cielo, exhausto, se esconderá detrás de unas nubes bajas, al alcance del humo escaso de la estufa. Si marcho en cabeza hacia el tajo, mis pies helados se hundirán en esa masa crujiente, marcando el ritmo de toda la columna. Es el momento de echar a correr hacia el horizonte, de disfrutar durante unos segundos de la libertad olvidada, hasta que una bala, más rápida que yo, me alcance. Y entonces caeré y mi cara se hundirá en la nieve, que guardará mi molde, rojo para siempre.

Kolimá

Llueve. El agua gris golpea el techo del barracón, se cuela por entre las ramas de alerce y se acumula hasta empapar mi manta. Una gota helada me corre por la frente, se desliza hasta la punta de la nariz y cae sobre este cuaderno tantas veces borrado. La huella del lápiz se diluye entre nubes azules. No son mis lágrimas, hace meses que dejé de llorar mientras el tren cruzaba espacios vacíos, llanuras infinitas. Lo que queda de mi cuerpo desnutrido no puede darse lujos, tengo que conservar las fuerzas para seguir muriendo lentamente. Cada día una victoria, cada noche un abismo donde desaparezco en cuanto me tumbo sobre las tablas de la litera. En el sueño no hay hambre, ni piojos, ni dedos congelados. Todo es sol, canciones, niños que corren por los trigales, fruta madura.

     Cada uno silencia su condena, como yo. Nunca sabré si mi compañero de litera fue un asesino, un comisario caído en desgracia o un disidente; de lo que estoy seguro es de que no sobrevivirá al próximo invierno.

     Siempre pensé que cada persona se construye su camino, con más o menos medios pero según sus propias decisiones. Durante los inacabables interrogatorios sin sentido mantuve esa quimera: me esforzaba en responder con precisión, en agradar al investigador omnipotente, en darle las respuestas esperadas. Pensaba que la sentencia dependía de mis palabras, de mi conducta. En el campo de tránsito, cuando reencontré a alguno de mis compañeros, me di cuenta de que el esfuerzo había sido inútil, de que todas las condenas estaban escritas de antemano y que alguna lotería macabra decidía los nombres y delitos de cada condenado. Hoy toca a los enemigos del pueblo, mañana será el día de los traidores a la patria, pasado el de los saboteadores.

     Dicen que Dios escribe derecho con renglones torcidos, pero yo creo que somos nosotros los que intentamos escribir nuestra vida en línea recta, con letra inglesa o con palotes, y que al final todo se tuerce. O quizás es al revés, que nuestro final está ya decidido el día que nacemos, y nuestra vida es sólo un vano intento de saltar las alambradas al borde del camino.

     Hay gente que pretende escapar. No del campo, algo inútil a través de esta taiga sin confines, sino de su destino grabado en el acero. Nunca sabrán si lo han conseguido, si su muerte estaba programada para ayer o para dentro de diez años. Cuando la temperatura baja de cincuenta y nos permiten quedarnos en los barracones, discutimos cuál es el campo más duro, la peor condena. Las minas de oro, la carretera del norte, los nuevos asentamientos, cada lugar tiene sus partidarios. Pero todos acabamos dando la razón a un anciano, un terminal que ya no puede levantarse. El peor campo es el que cada uno lleva dentro. De él nunca se sale.

     Cada noche, después de lamer la escudilla de sopa, con los dedos hinchados por los sabañones, escribo mi vida en este cuaderno de tres hojas; cada amanecer, antes de formar para el recuento, borro lo escrito. Hay que dejar sitio para la noche siguiente, si es que llega.

domingo, 29 de julio de 2018

La clienta perpetua

En homenaje a la Rubia, del Bar Oasis.

Siempre que pasaba por delante de aquel bar, camino de la oficina, la mirada se me escapaba hacia el interior. Allí, en la esquina más oscura de la barra, estaba ella.

Siempre, fuera la hora que fuera. Estaba convencido de que llegaba antes de que abrieran al público y que se instalaba en su puesto mientras los camareros preparaban las mesas.

Porque el asiento era suyo. Nunca lo había visto ocupado por otra persona, siempre ella. De la mañana a la noche; a veces pensaba que vivía allí, que dormía sentada en aquel taburete esperando a que volvieran a abrir el bar para los desayunos.

Siempre con una consumición delante; fuera un café con leche que yo presumía frío, fuera con una caña de cerveza, con toda seguridad tibia y sin fuerza por la espera.

Por las mañanas ojeaba el periódico local, deteniéndose siempre en la página de las esquelas, que repasaba detenidamente como buscando la de alguien en concreto, que nunca encontraba.

A veces miraba la televisión, permanentemente encendida, pero daba la impresión de que no le interesaba demasiado; solo las voces chillonas de algunos tertulianos parecían molestarla.

Con los camareros no cruzaba más palabras que las imprescindibles para pedir su consumición; a los demás clientes los ignoraba. Cuando alguien le dirigía la palabra, lo miraba con desprecio y luego se giraba sobre el asiento hasta darle la espalda.

Ni los camareros más antiguos sabían cuándo empezó a pasar los días en el bar. Todos las recordaban allí desde el primer día que entraron a trabajar, aunque una especie de pudor los retraía de hablar de “ella”. “Ella”, porque nadie sabía cómo se llamaba, dónde vivía o dónde pasaba las tardes de los domingos, cuando el bar cerraba por descanso del personal.

No soy capaz de calcularle la edad. Entre treinta y sesenta años, me atrevería a decir. Ni una chiquilla ni una anciana. Vestida siempre con cierta elegancia, pero sin llamar la atención. Traje sastre en invierno, vestido estampado en verano, una rebequita en otoño. Siempre bien combinada, pero con unos tonos extraños, apagados, como los de una fotografía antigua coloreada a mano.

Su alimentación era otro misterio. Diríase que sobrevivía con las tres aceitunas, tres, que le servían con la caña de cerveza, y con la tapa de paella que la casa obsequiaba los domingos a mediodía. Ni una tostada con el café, ni una tapa de papas aliñás. Nada.

Una noche, obsesionado por esa curiosidad malsana que a veces me invade, decidí averiguar dónde vivía. Cubata tras cubata fui alargando la espera, hasta que los empleados empezaron a apagar las luces. Entonces ella se levantó, pagó su consumición y se dirigió a la calle. Me dispuse a seguirla, pero a la vuelta de la primera esquina desapareció. Su misterio permaneció a salvo.

No era yo el único que mostraba interés por aquella mujer. En más de una ocasión fui testigo de intentos, unos educados y otros burdos, de acercamiento. A todos respondía con el mismo desprecio, con una indiferencia rotunda que dejaba fuera de combate a los moscones. Educada, impertérrita, moviendo apenas los hombros y las cejas para expresar su rechazo, o mejor su distancia.

Yo esperaba de ella algún signo de complicidad; a fin de cuentas llevábamos años compartiendo bar. Pero era evidente que ella no pensaba lo mismo. Si yo la saludaba al entrar, ella me ignoraba o, lo que es peor, parecía no percibir mi saludo, como si no fuera dirigido a ella. Me miraba como podía mirar a una servilleta arrastrada por las aspas del ventilador. Para ella yo no era nada, era menos que nada; dudo incluso que fuera consciente de mi presencia, de mi asiduidad.

Mi obsesión me fue pasando factura. Después de muchas, incontables, advertencias de mis jefes por mis retrasos en la entrada al trabajo y por el excesivo tiempo que dedicaba al desayuno, llegó el lógico expediente, que la primera vez se saldó con una suspensión de empleo y sueldo durante un mes. A ese expediente siguieron otros, y pese a las tibias protestas sindicales (nunca he sido muy proclive a la actividad gremial), acabaron despidiéndome.

También se resintió mi vida familiar. Mi mujer, que después de tantos años ya debería estar acostumbrada a mis ausencias, me abandonó coincidiendo con mi segundo expediente. De nada sirvieron mis falsas promesas de enmienda: Ella se las creía todavía menos que yo.

La mujer siguió en su rincón del bar, semana tras semana. Hasta ayer. Cuando llegué al bar a primera hora, me lo encontré a oscuras, con las rejas echadas y un cartel escrito a mano que declaraba escuetamente “CERRADO POR DEFUNCIÓN”.

Indagué en los locales cercanos, pero nadie supo darme razón; no les constaba ningún enfermo grave entre los camareros o los familiares del dueño. Estaban tan sorprendidos como yo.

Me temía lo peor. Y lo peor se materializó a la mañana siguiente. Cuando entré en el bar, mi mirada se dirigió inmediatamente hacia la banqueta del rincón. El asiento, cubierto con un crespón negro, confirmó mis temores.

Nunca volví a aquel bar.