sábado, 1 de junio de 2024

Los 35 santos de mi vida - 12 - LOS GUSANOS SAGRADOS

Se encontró con esta religión minoritaria en 1996, durante su tercer viaje a Indonesia. Después de una primera visita a Sumatra por motivos de trabajo y de un recorrido con un grupo organizado por las islas mayores del archipiélago de la Sonda, se lanzó con su mujer a un largo y azaroso itinerario por media docena de las islas menores del mismo archipiélago, las que se extienden a lo largo de mil quinientos kilómetros desde Bali hasta Timor.

La complicada preparación de aquel viaje fue para él una liberación. Caído en desgracia meses antes y destituido de su cargo en la empresa, no sabía si le iban a despedir o, simplemente, a destinarle a otra ciudad; en cualquier caso, estaba obligado a seguir cumpliendo su horario laboral, aunque no tuviera asignada ninguna tarea. Por otra parte, llevaba ya cuatro años de terapia psicológica y no notaba avances significativos, salvo en su capacidad para soñar todos los martes por la noche algo que contar en la sesión de cada miércoles.

En aquellos tiempos en que internet era poco más que un concepto reservado al mundo militar y al académico, no era fácil conseguir información sobre Indonesia. Además, el guía de la agencia de viajes le había insistido en que, si quería salirse de las rutas más trilladas y adentrarse un poco en aquel país inmenso y fascinante, necesitaba aprender el idioma que unía a sus doscientos cincuenta millones de habitantes repartidos por miles de islas.

Después de mucho buscar, en la librería Stanfords de Londres encontró un manual de indonesio para ingleses, al que dedicó sus esfuerzos durante todo un año.

Con la poca información que logró reunir y con la ayuda de una guía de viajes comprada en Singapur, se pasó el invierno organizando lo que se podía hacer a distancia: desde España era imposible, por supuesto, reservar hoteles o vuelos entre islas. A la vista de los enlaces interinsulares, que no había todos los días de la semana, elaboraron un programa de viaje, resumiendo en un folio los datos más importantes.

En septiembre de 1996 desembarcaron en Maumere, capital de la isla de Flores, para descubrir que el preciado programa de viaje se había quedado olvidado en Cádiz. Pese a ese arranque dificultoso, el recorrido resultó inolvidable. Fue, para los dos, una gran aventura que marcó el paso definitivo a la edad adulta, un reto complicado que superaron juntos y que, en cierto modo, cambió su visión del mundo.

Era el primer viaje que hacían a un país más o menos remoto, sin el colchón de una agencia ni de su empresa. Podían alterar el programa sobre la marcha, visitar una nueva isla que otro viajero les recomendara, alargar o acortar la estancia en cualquier ciudad o saltarse alguna de las etapas previstas. Por primera vez se sintieron auténticos mochileros. Podían compartir experiencias con gente como ellos, comer con un desconocido, hacer amistades más o menos duraderas y, por qué no, desdeñar a quienes viajaban en un grupo organizado.

Descubrieron entonces el placer del viaje por el viaje, sin museos ni monumentos que visitar. A veces, más que con el destino en sí, disfrutaban con los largos recorridos en autobús o en barco o con las caminatas, cargados con sus mochilas, para llegar a la aldea donde tenían intención de pasar la noche. El paisaje humano, fascinante e imprevisible, frente al contenido estático de un museo.

En aquellos transportes interminables comprendió la inutilidad de una de las frases que figuraban en su manual de indonesio: Mengapa terlambat? ¿Por qué vamos con retraso? En lugar de preocuparse por la hora de llegada, aprendió a mirar a la gente con cariño y atención. Al funcionario que, a la hora de comer, sacaba del bolsillo dos huevos duros y les ofrecía uno. A los adolescentes que cantaban durante horas por el karaoke del autobús unas canciones tan melódicas como pegajosas. A los demás pasajeros de las furgonetas que ejercían como transporte público en las ciudades, que se apretaban un poco más para ofrecerle unos centímetros de banco, en los que no cabía su culo de país desarrollado. A unos niños vestidos con el uniforme escolar, cargados con sus libros, que cuando se enteraron de su intención de alquilar toda la furgoneta para que los llevara hasta una playa a una hora de distancia, afirmaron sin perder la compostura que ese día no tenían clase y los acompañaron mientras les bombardeaban con cientos de preguntas.

Fue también allí, en aquellas islas perdidas, viendo cómo se vivía en las aldeas tradicionales, donde no llegaban maestros ni sanitarios, entre aquellos niños con la barriga hinchada por los parásitos, donde tomó consciencia de su suerte de vivir en el primer mundo, con una serie de derechos aparentemente asegurados y de los que muchas veces ni se daba cuenta. Vio la felicidad de un niño en un lápiz o la de dos ancianos en su sonrisa para que los fotografiase un forastero.

Una de las cosas que más le llamaba la atención era la libertad con que se movían los niños más pequeños. En cuanto comenzaban a andar, los veías tambalearse por toda la aldea, desnudos de cintura para abajo y tocando o llevándose a la boca cualquier cosa que les llamara la atención. En los autobuses pasaban de mano en mano; ahora sí bien envueltos para no mearse sobre otros pasajeros; en los ferris, exploraban la cubierta vigilados por docenas de ojos para evitar que cayeran al mar. Nunca vio a un niño llorando y, menos aún, que alguien les gritara o castigase.

Comparaba entonces lo que veía allí con su infancia en Mugardos. Eso no se toca, eso no se dice, comer y callar, los niños solo hablan cuando se les pregunta fue la música de fondo de su infancia. Se dio cuenta de que las vidas de estos niños, muchas veces más cortas que la suya, podían ser mucho más felices.

Habían llegado andando desde la carretera central de la isla hasta una aldeíta de Sumba Occidental, cuando les salió al paso un personaje peculiar. Bajito, sonriente, vestido con un sarong azul marino, pañuelo rojo a la cabeza y machete al cinto, se presentó como sacerdote de la religión marapu, mayoritaria en aquella isla, pero de la que nunca habían oído hablar. El hombre se mostró muy sorprendido de que dos extranjeros llegaran a visitar su aldea, máxime cuando a su pregunta de cuánto se tardaba en llegar desde España en motocarro le contestaron, muy optimistas, que unos tres meses.

Por desgracia, su conocimiento del idioma indonesio era de pura supervivencia, en absoluto suficiente para entablar una discusión teológica, y en la aldea no había nadie que hablara inglés, lo que le impidió conseguir información directa sobre aquella religión. Uno de los camareros del hotel le contó que su principal festividad religiosa, el Nyale, estaba relacionada con el ciclo reproductivo de un gusano de mar. Se celebraba durante la primera luna llena de primavera, como la Semana Santa de los católicos, y consistía en la captura y consumo colectivo de unos gusanos multicolores, de alto valor proteico en esa época del año, justo después del desove. Le pareció tan original y fascinante esta creencia que decidió profundizar en ella en cuanto le fuera posible.

En los días posteriores tuvieron ocasión de asistir como invitados de honor a un par de funerales y, sobre todo, al proceso de construcción de una tumba megalítica, una actividad que parecía sacada de la Edad de Piedra. El jefe de una de las aldeas más ricas de la zona estaba construyendo, literalmente, su propia tumba. No era un proceso continuo, sino que avanzaba cuando el futuro usuario disponía de recursos y se paralizaba cuando se le acababan.

El interés del jefe tenía un componente religioso y otro social. Entre los marapu, los espíritus de los difuntos no descansan completamente mientras el cadáver no está bien instalado. Una vez finalizados los funerales definitivos, el espíritu puede subir al cielo por una escalera mítica construida con los cuernos de los búfalos sacrificados durante el rito, dejando en paz a la familia.

Por otra parte, todo el proceso colectivo de construcción de una buena tumba, además de demostrar el poder del jefe de la aldea, refuerza los lazos sociales entre los vecinos y constituye una forma de redistribución de la riqueza, ya que los campesinos más pobres no suelen tener muchas ocasiones de comer carne.

Cuatro o cinco años antes, el kepala desa había elegido en el monte una buena piedra de una sola pieza y unas setenta toneladas de peso. Una vez bendecida por un sacerdote marapu y desbastada para darle forma de losa, comenzó su arrastre hasta la aldea, distante unos veinte kilómetros a través de una selva interminable, en donde podía esconderse desde un orangután hasta un grupo de guerrilleros, como en los libros de Salgari que con tanta devoción había leído en su niñez mugardesa. Aquí podía haber jugado a perderse, a desaparecer para siempre en la espesura hasta encontrarse con una tribu perdida o con la misma Perla de Labuán y los Tigres de Mompracem. Todos los habitantes de la aldea, hombres, mujeres y niños, armados con herramientas de mano, se esforzaban en un claro de la selva en cortar los árboles más gruesos, quemar el matorral y allanar el terreno dentro de lo posible. Estas personas no recibían ningún salario por su trabajo y su ímpetu dependía mucho de la cantidad y calidad de la comida y bebida que proporcionara el promotor de la tumba.

Cerca ya del final de la jornada, formaron una larga vía de pequeños troncos despojados de sus ramas y, tirando de varias maromas, consiguieron deslizar la losa sobre aquellas docenas de rodillos, hasta avanzar unos doscientos metros. Cuando el jefe ahorrase lo suficiente para financiar otra jornada de trabajo, seguirían avanzando.

De vuelta a España, nuestro protagonista siguió buscando información sobre esta religión, lo que no le resultó fácil.

Se enteró así de que los sumbaneses consideran que descienden de una Gran Madre (Ina Kalada), asociada a la luna, y un Gran Padre (Ama Kalada), asociado al sol. Curiosamente, no veneran a esta pareja, sino a sus propios antepasados y a una entidad, Marapu, que se representa a veces como mujer y a veces como hombre. Le levantan estatuas de madera en los patios de sus casas, le ofrecen a diario nueces de betel y, en las fiestas más señaladas, sacrificios de ganado.

Otra de las ceremonias marapu más espectaculares, que no tuvo la suerte de presenciar, es el Pasola, combate más o menos simbólico en donde los guerreros, montados a caballo y vestidos con sus ropas tradicionales, se arrojan lanzas de madera de punta roma. Lo de “más o menos simbólico” viene a cuento porque es habitual que los combatientes se acaloren y acaben con varios heridos e incluso algún muerto. Hay que tener en cuenta que, además de las lanzas rituales de madera, cada guerrero lleva al cinto su machete parang, del que ningún hombre adulto consentiría en separarse.

Desde un punto de vista eurocéntrico puede resultar difícil asumir estas creencias, pero no debemos olvidar que los cristianos creen que durante la comunión están comiendo la carne y bebiendo la sangre de su dios.

La irracionalidad y el fanatismo forman parte inseparable del hecho religioso, como pudo comprobar Arturo en sus propias carnes. Durante la vista de un recurso contra la concesión de una medalla municipal a la virgen del Rosario, necesitó escolta policial para librarse de la ira de un numeroso grupo de capillitas, indignados por lo que consideraban un ataque a sus creencias. Por no hablar de los insultos que recibió en las redes sociales cuando, denegado el recurso en primera instancia, participó en una recogida de firmas solicitando que se concediera la misma medalla municipal al Monstruo del Espagueti Volador, la gran esfera celestial de espagueti con albóndigas adorada por los pastafaris.

Meses después de su regreso a Cádiz le sucedió algo que, según el protagonista, no estaba relacionado con su interés por la religión marapu: su incierto futuro laboral quedó despejado, al menos a corto plazo. Ni despido ni traslado a otra ciudad, sino un simple cambio de área dentro del mismo astillero. Si le hubieran dejado elegir, no habría encontrado mejor jefe ni mejor destino. Una vuelta más en la rueda de la vida, que lo arrancó de un trabajo que odiaba y lo lanzó a un nuevo comienzo. No era la primera vez que le pasaba ni sería la última.

Un año después, dio por finalizada su terapia.


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Los 35 santos de mi vida - 13 - SAN CUCUFATO

En el verano de 2006, cuando ya vivía en Cádiz y estaba pasando unos días de vacaciones en Mugardos,  se organizó una de esas multitudinarias reuniones familiares en las que podían juntarse hasta doscientos descendientes legítimos y allegados del mítico bisabuelo Juan Francisco, de sus cinco hijas y de su único hijo: Amparo, Encarnación, Carmen, Pepita, Aurelia y Juan Francisco. Lo de legítimos viene a cuenta porque no participó en la reunión ninguno de los descendientes de la Alcaldita, amante oficial del bisabuelo.

Odiaba este tipo de reuniones, por suerte muy poco frecuentes; de hecho, solo asistió a otra posterior, y lo hizo a petición de su padre, con la salud ya bastante deteriorada, que en cierta manera quería despedirse de su extensísima familia. No es que no se llevara bien con sus familiares, pero su casi nula memoria visual le impedía reconocer a la mayoría de ellos, dando lugar a situaciones bastantes embarazosas. Echaba de menos los congresos de trabajo, en donde todos los participantes se identificaban con una tarjeta plastificada.

El peor momento de la fiesta fue su reencuentro con aquella prima segunda que, cuarenta años antes, había intentado iniciarlo en los placeres del sexo durante un viaje a San Andrés de Teixido. No reconoció a aquella joven morena, que recordaba de carne firme y mirada intensa, en la matrona rubia, apagada, con casi sesenta años, que se abalanzó sobre él y lo besó, tan casta como efusiva, ante la mirada sorprendida de su marido, sus cuatro hijas y tres nietos.

Tampoco le gustaba ver los estragos y deterioros de todo tipo que habían sufrido sus parientes y que le recordaban que, con casi total seguridad, a él lo verían igual de mayor, completamente calvo y con una barriga más que incipiente.

Estaban ya en la sobremesa cuando el marido catalán de otra de sus primas comentó los graves disturbios que estaban produciéndose en Sant Cugat del Vallés, lo que luego se llamó Revolta de Sant Cugat. El ABC, lectura obligada de muchos de sus parientes, publicaba aquel domingo que los sancugatenses habían salido a la calle dispuestos a quemar su propia ciudad, indignados ante la noticia aparecida el 27 de julio, día central de las fiestas patronales, en el diario local Cugat L’Avui. Según el artículo, san Cucufato (sant Cugat en catalán) había perdido la categoría de santo al ser eliminado de la última versión del Martirologio Romano. El editorial del diario, por supuesto, achacaba los disturbios a la política antiespañola y anticristiana del gobierno de Zapatero.

Al parecer, los fieles se habían concentrado en la Plaça Augusta, entre el monasterio y la comisaría. Unas docenas de exaltados al principio, su número y su enfado había ido creciendo conforme la noticia se extendía por el pueblo, hasta llegar a reunirse varios miles de personas, con los ánimos cada vez más encolerizados.

Pocos de los presentes en la reunión familiar eran conscientes de que san Arturo había corrido la misma suerte, pero cuando se enteraron de la purga sufrida cuarenta y cuatro años antes, muchos de ellos se declararon dispuestos a desplazarse a Cataluña en muestra de solidaridad. Descartados los que no se llamaban Arturo, quedaron solo quince voluntarios, de los cuales, una vez pasada la euforia etílica de la reunión, solo cuatro se presentaron al día siguiente dispuestos a iniciar el viaje.

En un momento confeccionaron una pancarta artesanal: “San Arturo y San Cucufato de vuelta a los altares. Mugardos con Sant Cugat” y se metieron en un coche. Cuando llegaron a Sant Cugat tras muchas horas de autopista, los escasos guardias civiles presentes en el pueblo se habían retirado entre pedradas y gritos de traïdors y botiflers.

Tres días duró la rebelión, tres días gloriosos en los que la solidaridad de los mugardeses fue recompensada por la hospitalidad de los sancugatenses. Fue entonces cuando conoció a Alicia, la sanitaria que diez años más tarde reencontraría durante su viaje al Congo.

Una providencial ¿quizás milagrosa? tormenta, ayudada por un artículo firmado por el prior del monasterio local y publicado en primera página de Cugat L’Avui, logró que terminaran las protestas y que los mugardeses emprendieran el retorno.

Según el prior, no se trataba, como en el caso de Arturo de Irlanda, de la aplicación estricta de las investigaciones bolandistas, sino de un simple error de un becario. Al futuro periodista se le ocurrió buscar detalles de la vida del patrón del pueblo en la copia del Martirologio que se guardaba en la biblioteca del monasterio. Indagó, sin resultado, bajo el nombre de Cugat; al no encontrar ninguna reseña llegó a la conclusión errónea de que su santo había sido eliminado y así apareció impreso en la portada de Cugat L’Avui.

El prior escribía en su artículo que sant Cugat sí que constaba en el santoral, pero con su nombre latino de Ququphas. Reconocía que la relación de sus milagros había sufrido una grave merma, pues no aparecía ni una sola referencia a los prodigios que rodearon su martirio, representados con todo detalle en los vitrales de la Iglesia Mayor. Según la leyenda local, san Cucufato, nacido en Escilio, provincia de Cartago (de ahí su apodo de El africano), fue condenado a muerte en Barcelona por orden del procónsul Galerio. Su delito había sido predicar el cristianismo por la Hispania Citerior Tarraconensis, que comprendía las actuales comunidades autónomas de Cataluña, Valencia y Murcia.

Su condena no resultó fácil de aplicar. Los romanos probaron primero con la evisceración, pero el futuro santo no se inmutó: se introdujo de nuevo los intestinos y luego suturó la herida con un simple cordón, mientras Galerio era consumido por el fuego y los doce torturadores perdían la vista.

Intentaron entonces quemarlo vivo, pero el mismo dios que él adoraba envió un soplo que extinguió las llamas y sus carceleros, a la vista del milagro, se convirtieron al cristianismo. Otras fuentes hablan de intentos de ahogarlo en el río Besós o de que las fieras lo despedazaran en el anfiteatro de Tarraco, también sin éxito.

Al final, el santo, empeñado en consolidar su categoría por medio del martirio, le pidió a Dios que permitiera que lo degollasen, como así sucedió.

Con estos antecedentes, resulta curioso que sea patrón de los jorobados y, sobre todo, de los objetos perdidos; no está documentado el origen de tales patronazgos. En muchas partes de España, pero sobre todo en su área de influencia en la costa mediterránea, es frecuente un rito para encontrar cualquier pertenencia extraviada. Basta con amarrar un cordel en torno a un pañuelo, en representación de los testículos del santo, y rezar la siguiente oración, de cuya eficacia pueden dar fe muchos devotos:

“San Cucufato, san Cucufato, los cojones te ato y hasta que no encuentres [aquí el objeto perdido] no te los desato”.

En esta misma tradición se inspiró Javier Krahe para escribir su canción San Cucufato:

“San Cucufato, te enciendo este cirio.

Devuélveme el amor, aquel viejo delirio.

San Cucufato, los cojones te ato:

si no me lo devuelves no te los desato.”

El regreso a Mugardos se prolongó más de la cuenta, debido a las escalas en el Priorato, Cariñena, la Rioja y Toro para probar los excelentes vinos de cada zona. Por suerte, en todo el recorrido no encontraron ningún control de alcoholemia. A su llegada al pueblo los esperaba un nutrido grupo de vecinos encabezados por el alcalde, que les entregó la Medalla de la Real Villa y un diploma recordando “su defensa de los valores mugardeses”. Nunca entendió del todo los motivos de aquel homenaje, como tampoco olvidó las noches pasadas con la recién conocida Alicia.


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Los 35 santos de mi vida - 14 -EL IMAM REZA

2008 fue, para él, una año gris. Acababa de cumplir cincuenta y cinco años, hacía ya diez que había terminado una larga terapia y su puesto de trabajo parecía consolidado, después de un tiempo de miedos y de dudas. La Unión Soviética ya era solo un recuerdo y el partido socialista había vuelto a ganar las elecciones generales y andaluzas, las primeras en muchos años en que él no acudía a votar. Ignacio Ramonet acababa de reintroducir la teoría del pensamiento único, todo estaba ya pensado y bien pensado. Veía extenderse todo el resto de su vida como un desierto monótono hasta un final inevitable.

Por eso, cuando recibió el folleto de la agencia con la que había viajado a Indonesia cuatro años antes y vio la propuesta de un recorrido por un tramo de la Ruta de la Seda, desde Uzbekistán hasta Turquía pasando por Turkmenistán, Irán y Armenia, no dudó en inscribirse.

Algo diferente, pensó. Una oportunidad de conocer nuevas gentes y nuevas culturas, de ver con sus propios ojos cómo desaparecían en el olvido los restos del imperio soviético y de vivir unos días en uno de los estados más teocráticos del mundo. Con suerte, conseguiría escapar a la depresión que presentía próxima.

Pese a lo poco que le gustaba viajar en un grupo organizado, en esta ocasión no le quedó otro remedio. Las dificultades logísticas de visitar cinco países en cuatro semanas, cada uno con su propio idioma y sus exigencias en materias de visado, solo podía resolverlas una agencia de viajes con experiencia en aquella ruta.

Su primer contacto con el resto del grupo fue en el aeropuerto de Barajas, donde el guía les repartió las tarjetas de embarque y los citó una hora más tarde en la puerta asignada para su vuelo. Dos maestras gallegas, dos comerciantes valencianos, un bilbaíno alcohólico, una pareja de recién casados y así hasta unas veinte personas.

Una cosa le sorprendió de sus compañeros en aquel viaje. Cada noche, después de cenar, se solía organizar una especie de fuego de campamento en donde presumían de sus muchos, exóticos y exclusivos viajes. No parecían viajeros, sino meros coleccionistas de países; les interesaban más las fotos con las que luego aburrirían a familiares y amigos que la historia y la vida cotidiana de los lugares que visitaban. De hecho, muy pocos se defendían en un idioma que no fuera el propio y ninguno se había molestado en leer algo sobre la historia y costumbres de los países que iban a visitar o en aprender una sola palabra de uzbeko, ruso, farsi o armenio, por lo que sus escasos contactos con los indígenas se producían siempre a través del guía y su comprensión de lo que iban viendo resultaba muy limitada. Le pareció una manera un poco absurda de viajar; él disfrutaba con la preparación previa, con la lectura de autores locales, la búsqueda de información y el aprendizaje de algunas frases en el idioma del país a visitar, las mínimas para sobrevivir y mostrar un cierto respeto hacia sus habitantes.

En aquel viaje retomó su relación con el islam, religión con la que había entrado en contacto en Casablanca, más de veinte años antes, durante las revueltas del pan.

Le encantó que en Uzbekistán, Turkmenistán y Armenia, debido a su pasado soviético y oficialmente ateo, la relación iglesia-estado fuera casi inexistente, la influencia de la religión en la vida diaria casi nula y no se confundieran, como suele pasar en sociedades más teocráticas, pecado y delito. Era justo eso lo que él ansiaba para España y por lo que libraba batallas inútiles.

Por eso, el choque que sufrió al entrar en Irán fue brutal. Sentía vergüenza ajena por las mujeres del grupo, a las que las normas machistas y el código islámico de vestimenta se aplicaban con bastante rigor. Aquí, estar sin velo es como en España estar en bragas —les explicó el guía—. No se sale de la habitación del hotel ni se deja entrar a nadie si no tienes el cabello cubierto. En el autobús, cuando circulaban por zonas poco pobladas se relajaba algo la norma, pero en cuanto se acercaban a alguna ciudad tenían que cubrir su cabello pecaminoso.

El alcohol se controlaba de manera todavía más estricta. Su consumo y posesión estaban prohibidos y no se servía ni siquiera en las recepciones de las embajadas extranjeras. Curiosamente, aquella abstinencia absoluta la llevaba mejor el alcohólico que otros miembros del grupo, que tanto habían criticado sus borracheras. Mientras que el presunto bilbaíno asumió desde el primer momento que iba a pasar diez días sin siquiera una cerveza, en otros se manifestaba con toda su crudeza el síndrome de abstinencia. El mal humor, la tristeza y hasta una cierta violencia verbal iban creciendo entre algunos de los viajeros conforme avanzaba el día y no desaparecieron hasta la llegada a Armenia, donde hubo quien se desquitó ampliamente.

A pesar de la presencia ubicua de los policías de la moral y de la cantidad de normas religiosas que regulaban su vida, los iraníes le sorprendieron por su amabilidad, su cosmopolitismo y sus ganas de relacionarse con extranjeros. Si dudaba en un cruce, siempre había alguien que se paraba y se ofrecía a ayudarle en un inglés o un francés más que aceptable. Si miraba hacía alguno de los numerosos grupos familiares que cenaban al fresco en cualquier parque o acera, era imposible rechazar sus invitaciones para compartir la cena y un rato de charla sobre temas tan difíciles como la política, la religión o las costumbres de cada país.

Pese a las trabas derivadas del castigo estadounidense por la crisis de los rehenes, la tecnología del país seguía avanzando a un ritmo que nunca habría imaginado. Así, durante su estancia allí los iraníes habían puesto en órbita su primer satélite de fabricación nacional, el Omid. En Isfahán rió a carcajadas al leer, en un periódico en inglés destinado a los visitantes extranjeros, un artículo sobre los submarinos ligeros Ghadir, diseñados y construidos íntegramente en Irán y puestos en servicio un año antes, mientras que la empresa española en que él trabajaba llevaba años intentando sin éxito diseñar y construir uno.

La experiencia más intensa de aquel viaje la tuvo en Mashad, en el noroeste de Irán, muy cerca de las fronteras de Turkmenistán y de Afganistán. El programa de la agencia incluía una visita guiada al mausoleo del Imam Reza, la única manera en que alguien no musulmán podía acceder al recinto sagrado. Para dicha visita no bastaba con que las mujeres del grupo cubrieran sus brazos y cabellos con versiones más o menos estrafalarias de la vestimenta islámica, como en todo el resto del recorrido por Irán, sino que era obligatorio que se pusieran un chador que las cubriera de la cabeza a los pies. Por eso, nada más llegar a Mashad, el grupo entero pasó la tarde recorriendo tiendas especializadas, donde descubrieron que existen cientos de matices del negro. Al final, ellas se decantaron por unos largos velos blancos estampados con florecitas rosas, estilo Liberty, que según las vendedoras eran suficientemente recatados para visitar el mausoleo.

A la mañana siguiente fueron en autobús hasta el complejo, que se levanta sobre el cruce de dos autopistas subterráneas y un enorme aparcamiento de varios pisos. Él tomó buena nota de las normas (no móviles, no cámaras, no comida, no bebida, no armas, no tabaco, no infieles) y de la inexistencia de verdaderos controles de identidad; ya estaba planeando una segunda visita no autorizada.

Muchas veces se ha preguntado por qué lo hizo, por qué se arriesgó a recibir una condena a varios años de prisión o unas docenas de bastonazos. Años después confesó que fue un impulso que no pudo refrenar y que sigue sin tener claros los motivos. Quizás fuera una tendencia innata a romper las reglas, a moverse por las lindes de lo permitido. La misma que lo llevó a la cárcel en Londres o a comprometerse en la lucha contra la dictadura franquista. Seguía estando de acuerdo con Feyerabend en que las decisiones importantes no las rige la razón, sino la intuición.

El exterior estaba vigilado por un fuerte contingente de Guardianes de la Revolución, con tanquetas y ametralladoras pesadas, mientras que en el interior se encargaban de mantener el orden docenas de hombres y mujeres vestidos de negro y armados con unos plumeros, multicolores y de mango retráctil, con los que llamaban la atención a quienes pretendieran incumplir las normas de conducta.

A su grupo de turistas lo escoltaron hasta una sala de recepciones, dedicada en exclusiva a las visitas no musulmanas, donde un anciano les habló sobre la vida del imam Reza y las diferencias —insalvables, según él— entre chiitas y sunnitas, así como entre las tres ramas del chiismo, de las cuales la única que consideraba digna de tal nombre era la que gobernaba en Irán: los duodecimanos.

Parece ser que la principal diferencia entre duodecimanos e ismailíes es que los primeros creen que las máximas autoridades en la interpretación del Corán son doce imames, descendientes directos de Alí, el cual fue a su vez primo y yerno del profeta Mahoma. Por su parte, los ismaelitas siguen otra línea de imames, los descendientes de Ismael, hermano mayor de Alí. Importante diferencia, por supuesto; cuanto más fuerte se hace una religión o una ideología política más importancia tienen las nimias diferencias que la separan de otras similares.

El guía iraní añadió que el santuario, fundado en el año 818, en 2008 ya ocupaba más de medio millón de metros cuadrados y era considerado la mezquita más grande del mundo. Como referencia, el complejo tiene más extensión que toda la Ciudad del Vaticano. Por desgracia, a los infieles solo se les permitía visitar una ínfima parte; ni pensar siquiera en acercarse al mausoleo del imam.

Harto de explicaciones teológicas y cargado de folletos explicativos en español y en inglés, dedicó la tarde a preparar con su mujer y con otra pareja de compañeros de viaje la gran transgresión: entrar al recinto mezclado con otros cientos o miles de peregrinos, para intentar alcanzar el sancta sanctorum, la tumba del imam Reza.

Lo primero fue decidir la vestimenta: las mujeres ya se habían comprado sus chadores y él se puso una camisa de manga larga abotonada hasta el cuello. Iba, por supuesto, sin corbata, como la mayoría de los iraníes. Luego la nacionalidad: si les preguntaban en los controles de acceso, dirían que eran chechenos, lo que no solo explicaría su tez más clara y su nulo conocimiento del árabe, sino que podría atraerles cierta simpatía como pueblo que luchaba por el islam contra Rusia, la potencia atea más importante del mundo.

Dejaron en la habitación las cámaras de fotos, los móviles, la documentación y cualquier cosa que los pudiera poner en aprietos en caso de registro. Al atardecer, fueron caminando a lo largo del bulevar Tabarsi, rodeados de una marea creciente de fieles. Los cuatro iban con algo de miedo y empezaban a darse cuenta de la locura que estaban a punto de cometer, pero no compartieron sus temores. Si cualquiera de ellos hubiera propuesto darse la vuelta, los otros tres lo habrían aceptado con alivio.

Todo empezó según lo previsto. Se separaron frente a la entrada de las mujeres y los dos hombres caminaron unos cien metros hasta la reservada para ellos. Por suerte, nadie les preguntó nada y entraron en el recinto sin contratiempos.

A partir de ahí las cosas se complicaron. Por mucho que buscaron, no fueron capaces de encontrar a sus compañeras. Estaba oscureciendo, había muchísima gente y gran parte de las mujeres llevaban chadores muy similares a los de sus parejas.

El recorrido, a esa hora en que el cielo comenzaba a oscurecer, le impresionó. Cruzaron varios enormes patios de oración, la mayoría de ellos repletos de fieles rezando o escuchando a los predicadores, hasta llegar al punto central, el propio mausoleo del imam. Se acercaron a él por la puerta de entrada de hombres, avanzando a duras penas entre la multitud que se iba espesando por momentos. Cuando consiguieron ver de lejos la verja que encerraba el sepulcro, estuvieron a punto de dar la vuelta, por miedo a que los reconocieran como kafir, infieles. No se puede olvidar que estaban en el segundo lugar más prohibido del islam.

En el tumulto se perdió también de su compañero. Cuando iba a retirarse, se le acercó por detrás un anciano, tocado con el turbante blanco que denotaba su categoría de clérigo, y le puso ambas manos sobre los hombros. Se creyó descubierto y se veía ya condenado a latigazos, cuando por señas el anciano le indicó lo que quería: que gracias a su mayor corpulencia y menor edad le ayudase a aproximarse a la verja.

Convertido así en báculo de un mullah, le fue mucho más fácil acercarse al sepulcro, ya que cuando se percataban de la presencia del anciano sacerdote los demás peregrinos les cedían el paso con respeto. Llegó así hasta la verja, desde la que no se divisaba la tumba en sí, pero se entreveía la puerta que daba paso al santuario interior, en donde solo podían entrar los auténticos ayatolás, como descendientes del Profeta. Dejó allí a su mullah y fue retrocediendo hacia la salida, sin dar nunca la espalda al sepulcro, al igual que hacían los demás peregrinos.

Cuando por fin llegó a la calle, respiró algo aliviado. Había conseguido salir indemne, pero no tenía noticias de sus compañeras.

Ya en el hotel, releyó la información que le habían dado en la visita oficial. El imam Reza es el octavo de los doce imames descendientes del profeta Mahoma y el único de ellos enterrado en Irán, de ahí la importancia de su tumba para los chiitas.

Ali Bin Musa Al Reza, que llegó a ser el máximo dirigente religioso del islam, tuvo graves desencuentros con el califa de aquella época. Reza, como buen chiita, consideraba que él era a la vez la máxima autoridad religiosa y civil, en claro desafío al poder del califa Mamún. El califa le ofreció abdicar y designarle su sucesor; pero Reza, dentro de su línea fundamentalista, le contestó: “Si Alá te ha dado la autoridad, no eres quién para renunciar a ella y dármela a mí, y si no tienes esa autoridad, no eres quién para cedérmela”.

Ante esa respuesta, el sultán no tuvo más remedio que darle muerte, convirtiéndolo así en un mártir de la fe.

Más relajados, los cuatro infractores bajaron a cenar con el resto de miembros de su grupo. Tenían una buena historia que contar, algo que les haría subir varios puestos en el rango de viajeros intrépidos, pero prefirieron callar hasta salir del país. Lo contaron la primera noche en Armenia, después de cruzar el puente internacional sobre el río Araz, al que todas sus compañeras habían lanzado sus hijab.

Terminaron su recorrido en Estambul, sin mayores incidentes, y regresaron a España. Muy poco después se produjo la quiebra del banco de inversión Lehman Brothers, que abriría una nueva etapa en la subordinación del bienestar común a los intereses del gran capital. Ni Ramonet había acertado con sus predicciones ni la vida era tan gris como parecía, aunque la suya tardaría al menos cinco años en teñirse con todos los colores del arcoíris.


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Notas y santoral

Bibliografía y Tibi gratias ago

Los 35 santos de mi vida - 15 - EL GAUCHITO GIL

Su primera estancia en Buenos  Aires se produjo en 1977, acompañando a su compañero K, que había sido invitado por los restos de la casi desaparecida Federación Obrera Regional Argentina para compartir con ellos la experiencia de reconstrucción de la CNT que estaba desarrollándose en España. Eran los años negros de Videla, la policía acechaba en todas partes y poco pudieron disfrutar entonces de la ciudad más europea de América.

Más de veinte años después tuvo ocasión de volver a Argentina en un breve viaje de trabajo, para solucionar un problema técnico en uno de los ferris que operaban la línea Puerto Madero – Colonia Sacramento – Montevideo. Tampoco esta vez dispuso de mucho tiempo libre; las horas se le iban entre reuniones con el armador, visitas a diversos talleres del barrio de Boca y pruebas a bordo. Para su frustración, en las varias navegaciones que hizo por el Río de la Plata no tuvo tiempo de desembarcar ni siquiera unos minutos en Montevideo; apenas pudo asomarse a cubierta para verificar la inmensidad del estuario. Por otra parte, se acercaban las navidades y no le apetecía pasarlas en Buenos Aires.

Hasta 2013, cuando viajó a Argentina en compañía de su mujer y una de sus cuñadas, no pudo conocer un poco mejor el país y sus gentes. Fueron tres semanas inolvidables, repartidas entre el noroeste, la triple frontera y Buenos Aires.

Alquilaron un coche en Salta y con él transitaron el tramo norte de la mítica Ruta 40, la carretera que recorre cinco mil kilómetros por la falda oriental de los Andes, desde Río Gallegos en el sur hasta La Quiaca en la frontera con Colombia. Recordó de nuevo a Kerouac, sus largos viajes en autostop de costa a costa de Estados Unidos y su afición al vino, una de las pocas cosas que seguía compartiendo con el autor de On the road.

En esas interminables y solitarias pistas sin asfaltar era frecuente encontrar al borde de la ruta pequeños altares decorados con banderas rojas. Todos los conductores tocaban la bocina al pasar por delante y algunos se detenían. En uno de esos altares, a mitad del vertiginoso descenso del Abra de Acay, al ver que había varios coches aparcados pararon también ellos. Uno de los conductores les explicó que era un altar dedicado al Gauchito Gil y que era conveniente dejarle unos cigarros o un vaso de vino; cualquier persona que necesitase las ofrendas podía utilizarlas, a condición de devolverlas en otro altar cuando le fuera posible.

En su recorrido por los valles calchaquíes, allá por el extremo occidental de la provincia de Salta, visitaron la Bodega Colomé y su sorprendente museo de esculturas de James Turrell, en donde vivió una experiencia casi mística. Tumbado en una estera en una habitación con el techo abierto al cielo, y abrigado con una manta, estuvo más de una hora viendo cómo cambiaba el color del cielo al anochecer y cómo iban apareciendo las estrellas. La música de fondo, muy tenue, junto con la iluminación variable de la sala, le producían una sensación de bienestar similar a la de soñar que se vuela a baja altura, como una cigüeña planeando.

Al terminar la sesión, en la misma bodega compró una botella de excelente vino torrontés, que luego dejó como ofrenda en el primer altar del Gauchito que encontró. Aquel sacrificio, sin duda, contribuyó a que su viaje terminara sin problemas; a él le dio la confianza que le faltaba para circular a ochenta kilómetros por hora por aquellas pistas de grava infinitas, ante la mirada indiferente de las llamas, o para internarse en la serranía con un mapa dibujado a mano, buscando la garganta de las Señoritas o la sierra de los Siete Colores. Seguro que alguno de los seguidores del Gauchito supo apreciar aquel vino.

De la poca gente que se encontró en aquellas excursiones, le impresionaron en especial los indios del altiplano, menudos, recios, aparentemente impasibles y con la mirada perdida en el horizonte. Tenía la sensación de que aquellos ojos casi cerrados podían ver a través de su cuerpo y leerle los pensamientos.

Intentó hablar con uno de ellos, a quien se ofreció a llevar en su coche cuando se lo encontró, cargado con una mochila no muy grande, en una pista perdida a más de tres mil quinientos metros de altitud.

—¿A dónde va?

—Abajito no más.

—¿Lleva mucho tiempo caminando?

—Un poquito, sí.

—¿Y si nadie le para?

—Y… pues…

Esa fue toda su conversación. Bastantes kilómetros más adelante, en una curva tan inhóspita como el resto del recorrido, el indio se bajó, agradeció el transporte con un gesto y echó a caminar mochila al hombro. Durante el resto del día no fue capaz de olvidar la canción de Manu Chao:

Yo llevo en el cuerpo un dolor

Que no me deja respirar

Llevo en el cuerpo una condena

Que siempre me echa a caminar.

Aquel día, el conductor se quedó pensando en qué condena llevaría el indio en su cuerpo enjuto. Probablemente su única culpa fuera ser pobre en un mundo pensado para los ricos.

En su recorrido por la provincia de Corrientes, como se puede leer más atrás, se desvió de su ruta original para reencontrarse con el rey Baltasar bajo el nombre de Santo Cambá y visitar en la localidad de Empedrado, a orillas del Paraná, un gran santuario en honor de san La Muerte.

Ya en Buenos Aires, paseando por la librería Ateneo Grand Splendid, una de las más bonitas del mundo, se compró una biografía del Gauchito.

Antonio Plutarco Cruz Mamerto Gil Núñez nació en Mercedes, provincia de Corrientes, un 12 de agosto de un año indefinido, a mediados del siglo XIX. Se dice que amaba los bailes y las fiestas, que era devoto de san La Muerte y del santo Cambá, que dominaba el manejo del facón y que su mirada hipnótica era letal para sus enemigos y fulminante para las mujeres.

Antonio Gil, reclutado contra su voluntad para la guerra de la Triple Alianza, desertó tras los primeros combates por su repulsión a la violencia. Pero no fue esa la causa de su ruina, sino conquistar a la mujer de un comisario, proteger a los humildes, robar a los ricos para darle a los pobres, vengar a los humillados y sanar a los enfermos. Sus actos le ganaron el afecto y la veneración de los peones, que pronto lo reconocieron como a un héroe justiciero. Por esa razón lo protegieron y escondieron hasta que fue capturado por las tropas federales. Los mismos peones fueron los que construyeron los primeros altares.

La tradición oral cuenta que un 8 de enero de 1874 o 1878 (en esto divergen las fuentes) las autoridades acordaron trasladarlo a la ciudad de Goya para someterlo a juicio, pero por el camino se decidió aplicarle la ley de fugas y lo colgaron boca abajo en un árbol a la orilla del camino. Los soldados, conocedores de sus actos justicieros, se negaron a ejecutarlo, por lo que fue el coronel Velázquez (sargento en otras versiones más creíbles) quien lo degolló. Dicen que su sangre cayó como una catarata que la tierra se bebió de un sorbo. En ese mismo instante nació el mito y el propio coronel se convirtió en su primer devoto.

Antes de abandonar Buenos Aires, Arturo intentó revisitar los lugares y personas que había conocido en su primer viaje. Comprobó que Gardel tenía razón cuando cantaba veinte años no es nada, pero quizás los treinta y seis años transcurridos fueran demasiados.

Del barrio de Boca, que él recordaba obrero y combativo, solo encontró los colores de algunas casas de madera en los alrededores del Caminito, convertido ahora en un escenario para selfis de turistas nostálgicos, como él. Los propios vecinos le disuadieron de adentrarse en las calles más alejadas del rio, donde antes se concentraban los talleres mecánicos y los locales sindicales y ahora malvivían drogadictos y pequeños traficantes, dispuestos a atracar a los pocos turistas que se internasen en su territorio. Solo en los alrededores del estadio del Boca Juniors sobrevivía un comedor comunitario que él había frecuentado.


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El gauchito Gil

Xangô y sus otros orixás

Notas y santoral

Bibliografía y Tibi gratias ago

Los 35 santos de mi vida - 16 - XANGÓ Y SUS OTROS ORIXÁS

El primer contacto con el candomblé, una religión surgida en Brasil entre los esclavos africanos, lo tuvo en 1994, con motivo de una exposición organizada por sus amigos Fernando y Hortensia en el Baluarte de Candelaria de Cádiz. El vestuario litúrgico, los atabales, los símbolos de los orixás y, sobre todo, las fotos y vídeos de los ritos de posesión provocaron en él un fuerte impacto que removió sus miedos ancestrales.

Quizás fueran los genes de su tatarabuela, cuya negritud era tan evidente que la única foto que de ella se conservaba fue ocultada por sus descendientes, que no tenían reparos en contar que sus antepasados habaneros habían tenido esclavos, pero se negaban a admitir cualquier mezcla de sangres.

Diez años después, con ocasión de un viaje a San Salvador de Bahía de Todos los Santos, tuvo ocasión de asistir por primera vez a una sesión de candomblé.

Al día siguiente de aterrizar en Bahía y siguiendo las indicaciones de sus amigos, visitó el popular barrio del Pelourinho, en donde transcurren varias de las novelas de Jorge Amado. En la parte alta de la Baixa da Zapateira, mientras recordaba a algunos de los personajes de Amado, le llamó la atención la música sencilla y rítmica que salía de un sótano. Era la mítica escuela de capoeira de Mestre Bimbo, donde pudo seguir los ejercicios de un grupo de luchadores entre los que destacaba un cojo que se apoyaba en una pata de palo. El fuerte aroma de la maconha que fumaban algunos de los asistentes, y que le habría encantado probar, no era suficiente para ocultar el olor a sudor ácido que desprendían los luchadores y que le hizo recordar sus años de karateka en un gimnasio del barrio obrero en que entonces residía.

Quizás fuera su imaginación, alterada por el cambio de huso horario, pero llegó un momento en que se sintió incómodo por las miradas del resto de espectadores, cada vez más insistentes. Al sumergirse de nuevo en el bochorno y el bullicio de la calle, el cansancio del viaje apareció de golpe. A punto de marearse, se apoyó en un muro y se deslizó hasta el suelo para descansar unos minutos.

En ese momento de indefensión, tal vez un poco afectado por el humo de la maconha, se le acercó un negro de cierta edad, que le preguntó qué buscaba. Trató de quitárselo de encima, pensando que sería uno más de los falsos guías, buscavidas y vendedores de lotería clandestina que perseguían a los turistas, y le contestó que no necesitaba nada.

—Pues si no necesita nada, lo encontrará en el primer piso —le contestó el negro, señalándo el interior de un portal cercano. Un pequeño rótulo escrito a mano indicaba: “Federaçâo de terreiros de candomblé e umbanda do Estado de Bahía”. Recordando la exposición que tanto le había impresionado diez años atrás, decidió entrar en la oficina. Allí le proporcionaron un listado de las sesiones a celebrar en la semana en curso y le recomendaron que no acudiese por su cuenta, sino que contratara a un guía entre los que pululaban por la Praça da Sé. Afonso Galinha, así se llamaba el que le tocó en suerte, le ofreció un paquete completo: recogida en el hotel, transporte privado hasta el terreiro de Oxumaré, acompañamiento durante los ritos, donativo para la comunidad y devolución al hotel.

Sentía una especial curiosidad por Oxumaré, una divinidad un tanto peculiar, que la mitad del año es masculina y la otra mitad femenina. Por eso, y porque uno de sus símbolos es el arcoíris, se suele asociar con el movimiento LGTB+. Por otra parte, también es la gran serpiente que se muerde la cola, representando la continuidad del ciclo vital en un claro paralelismo con la Trimurti hinduista, con la que más adelante entraría en contacto en Mamallapuram, en el estado indio de Tamil Nadu.Afonso Galinha cumplió su parte con honradez y los llevó a él y a su mujer hasta lo más profundo del barrio Federação en una furgoneta que compartieron con otros dos turistas españoles, mucho más jóvenes que ellos y que pensaban que iban a un espectáculo de música brasileña. Pese al mal aspecto de las calles que atravesaban, en aquella época Federação era considerado uno de los barrios más seguros de Bahía. En posteriores viajes comprobó que la zona había cambiado mucho y estaba en manos de la banda Bonde do Maluco, “Tranvía del Loco” en castellano, que ahora controla el tráfico de drogas en gran parte de la ciudad.

No entró muy tranquilo al recinto religioso; por su cabeza se cruzaban imágenes de vudú, de sacrificios de sangre, de muertos vivientes, de asesinatos rituales, de caboclos y de jagunços. Todos esos temores se esfumaron cuando penetró en la gran sala en donde pronto comenzarían las danzas de las divinidades.

Avanzó por el pasillo central de una nave bien iluminada, entre hileras de sillas de plástico, hasta ocupar un lugar en la tercera fila, con muy buena visibilidad de los tambores sagrados, los oficiantes y las filhas de santo que se preparaban para bailar.

No es fácil describir con detalle los ritos que se celebraron aquella noche, pero él asegura que, si en pompa y boato estaban muy por debajo de muchas ceremonias católicas, en pocas ocasiones había sido testigo de tanto fervor y participación de los feligreses. Para un profano no era sencillo entender qué sucedía en cada momento, entre otras cosas porque parte de los ritos se celebraban en otra zona del terreiro, vedada a los no iniciados.

Poco a poco se iba acelerando el ritmo marcado por los atabaques, con el que se acompasaban sus latidos. No se podían comparar sus sensaciones con el miedo que pasó durante la visita al mausoleo del imam Reza, pero notaba la tensión de penetrar en un espacio ajeno, cuyos códigos de conducta le eran desconocidos. Le tranquilizó la aparente ausencia de fanatismo y la naturalidad con que el resto del público charlaba, fumaba y saludaba a los conocidos. Cuando comenzaron a sonar los afoxés y agogós sagrados, el ambiente familiar y dominguero adquirió un tono más sosegado, de expectación y respeto a lo que allí iba a suceder. Él también se relajó.

Pronto se organizó una procesión, encabezada por una mai de santo, la líder religiosa del complejo, que abandonó el terreiro y recorrió las calles más cercanas. A su regreso a Cádiz, sus amigos le explicarían que era una ceremonia dedicada a Exú Tranca Ruas, una poderosa entidad que abre y cierra los caminos y a quien, en aquella ocasión, pedían que no dejase entrar a nadie con malas intenciones.

Ya de vuelta en el barracón y sin seguir, aparentemente, ningún orden ni cadencia, las filhas de santo que giraban al ritmo de los tambores iban entrando en trance: ojos en blanco, movimientos convulsivos y frases en la lengua sagrada indicaban que habían sido poseídas —cabalgadas— por un orixá. Era el momento más esperado, pues se generaba una vía de comunicación entre el mundo profano y el divino; a la vez, era el más peligroso, ya que el comportamiento de un orixá es siempre impredecible. De hecho, los demás participantes en el rito y los miembros del público abrían sus manos a la altura del pecho, en un gesto de protección ante la divinidad que se había encarnado en la adepta. Contagiado por la situación, le pidió a Exú Tranca Ruas que le abriera un nuevo camino en su vida.

A medida que avanzaba la noche y más danzantes entraban en trance, subía la tensión del ambiente. Continuaban llegando fieles y quedaban menos turistas. Hasta que, coincidiendo con la aparición de tres coches policiales con las sirenas en marcha, consideraron prudente regresar a su hotel. En el camino de vuelta, por las calles desiertas de los suburbios de Bahía, Afonso Galinha les explicó que los policías iban escoltando a un alto cargo, miembro del terreiro.

A su regreso a España, aparentemente, Exú cumplió su petición por partida doble. Surgía un nuevo partido, con líderes jóvenes, alejados de la vieja política y de las viejas formas. Llevaba muchos años sin participar en la política activa, por eso pensó que su petición en Bahía había tenido respuesta.

Asistió ilusionado, como mucha gente, a las primeras asambleas del nuevo partido. Al principio creyó volver a los años setenta, a la Revolución de los Claveles y al final de las dos dictaduras ibéricas. Em cada esquina un amigo, em cada rostro igualdade. Tardó casi tres asambleas en venirse abajo, en darse cuenta de que las prácticas cotidianas de la nueva política le recordaban demasiado a las de sus tiempos de estudiante. Detrás de cada esquina no siempre había un amigo.

Por suerte, pronto encontró otra opción política, mucho más cercana al asambleísmo y a la participación activa de los movimientos libertarios que tan bien conocía. K, con quien había perdido todo contacto, también habría disfrutado allí.

Esta vez sí encontró un nuevo y largo camino, con alegrías, desengaños y amistades sinceras. Se sintió un perro viejo que aprendía trucos nuevos.

Otra senda que le abrió Exú fue la de la escritura, a la que tantas satisfacciones debe. Por entonces publicó su primer libro, una recopilación de sus cuadernos de viajes por Indonesia, y, en 2016, su primera novela, Los cuadernos de Rekalde, en realidad una “autobiografía anhelada”, pues combinaba algunos episodios inspirados en la vida del autor con muchos otros que le gustaría haber vivido.

Entre ambas publicaciones, en el verano de 2015, el movimiento político en el que participaba consiguió dos concejales y entró en una coalición que se hizo con el gobierno municipal. Allí comprobó las muchas maneras de hacer política y que el mito del fin de las ideologías, como el del pensamiento único, se venía abajo con estruendo.

Un mes después de las elecciones, durante un nuevo viaje a Bahía, asistió a una sesión de umbanda, otra religión de posesión a medio camino entre el candomblé y el espiritismo, decepcionante al compararla con lo visto en el terreiro de Oxumaré. Los ritos eran menos ceremoniosos y más sincréticos que los anteriores; además, el panteón umbandista incluye no solo dioses africanos sino también entidades de muerto socioculturales, como prostitutas, marineros y otras categorías marginales.

Entre los participantes más activos, algunos tenían un punto gamberro, como si ellos mismos no se lo creyeran mucho. Recordó algunas manifestaciones populares de la religión católica, como la Cabalgata de Reyes o la procesión de la Borriquita, donde también parece más importante la diversión que el evento religioso que se conmemora.

En 2016 se produjo uno de los cambios más importantes en su vida: la jubilación, ese momento tan soñado como temido. Ahora sí, pensó, comenzaba su último capítulo y él estaba dispuesto a aprovecharlo hasta el colofón.

Fue entonces cuando realizó otro viaje, esta vez no intelectual sino real. Un largo recorrido en barcaza por el rio Congo, del que se habla en otro capítulo de este libro y donde aprendió a disfrutar de la soledad en medio de la gente.

Se apuntó también a varios talleres de escritura creativa, hasta que en uno de ellos se sintió a gusto. Lo animó mucho el ganar un par de premios literarios en muy poco tiempo, aunque no tardó demasiado en darse cuenta de que no era sino la suerte del novato y de que nunca llegaría muy lejos como escritor. No por ello dejó de intentarlo.

Las horas del día le parecían inagotables y, para escapar de la insoportable sensación de estar perdiendo el tiempo, se matriculó en las clases de ruso del Instituto Pushkin.

A finales de julio de 2019, gracias a la mediación de su amiga Hortensia, tuvo la oportunidad de mantener una larga conversación con Zé Paulino de Ogum, un pai de santo procedente de Salvador de Bahía, el equivalente en el candomblé a un párroco católico.

Estaba nervioso. Le imponía respeto la figura de Zé Paulino, con su cara inexpresiva, su cuerpo sin edad y su vestimenta, a medio camino entre lo hortera, lo fantástico y lo ceremonioso; por un momento dudó si aquel hombre, que no lo conocía de nada, sería capaz de averiguar su futuro. Su faceta agnóstica le decía que era imposible y que todo el attrezzo era solo un decorado para un pequeño timo, pero su lado literario le hacía esperar que lo que iba a escuchar, si no profético, fuese al menos verosímil.

Después de una breve charla de cortesía, Zé Paulino lanzó una y otra vez los cauríes sobre la mesa. La forma en que caían los dieciséis caracoles (boca arriba, boca abajo, uno sobre otro) y cómo se distribuían entre los dibujos bordados en el paño blanco que cubría la mesa daban respuesta a las preguntas que Zé Paulino les hacía mentalmente a los orixás. Arturo desconocía tanto las preguntas formuladas como la interpretación de los cauríes. Estaba en manos del pai de santo.

Después, Zé Paulino se lanzó a hablar sin interrupciones, en un portuñol periférico que él consideraba comprensible para cualquiera. Quizás por eso las notas tomadas por nuestro protagonista no sean demasiado fiables.

El comienzo no fue muy prometedor. Paulino se limitó a contarle una serie de lugares más o menos comunes sobre su pasado, como que había tenido algún problema leve de salud —¿quién no lo ha tenido a cierta edad?— o que en su vida todo marchaba bien, pero le faltaba alcanzar un éxito brillante, cosa que a todo el mundo le gusta creer.

Su discurso se animó cuando, después de nuevas tiradas de los cauríes, le aclaró una duda que hacía tiempo le intrigaba: ¿quiénes eran sus orixás, el equivalente de los santos patronos católicos? Paulino le indicó que quien gobernaba su trabajo era Ogum, como ya sospechaba. Ogum es el señor del hierro y del acero, patrono de los herreros, ferrallistas, mecánicos, ingenieros y otros trabajadores del metal. La que agradecía su trabajo era Iemanjá, señora del mar, protectora de los barcos y de los pescadores, dueña de los peces y los mariscos. La combinación de Ogum y Iemanjá apuntaba hacia su carrera de ingeniero naval y su trabajo en los astilleros. El patronazgo de Ogum quedaba reforzado, aunque Paulino no lo supiera, por la colección de machetes artesanales que colgaba de una de las paredes de su casa

Sin embargo, el orixá más importante en la vida de una persona, su orixá de frente, el que dirigía su pensamiento y su personalidad, era Xangô, dueño de los rayos, del trueno y del fuego. En palabras de Zé Paulino, Xangô é um rei, toda majestade, ele faz justiça. Ele tem paixões ocultas, que não revela. Ele não fala, apenas observa, planeja, comanda o que os outros têm que fazer. Quando as coisas não são feitas do jeito que ele quer, ele explode, mas depois passa. Ele tem as chaves do mundo.

Mientras escuchaba con mucha atención y procuraba tomar notas, no sabía hasta qué punto sentirse halagado o preocuparse por aquella asignación. Si el oráculo había acertado con Ogum y con Iemanjá, parece lógico que también lo hubiera hecho con Xangô, el más poderoso de los orixás, el que custodiaba las llaves del mundo.

La parte mala de Xangô es que sus protegidos, con cierta tendencia a la obesidad y una fuerte dosis de energía, suelen poseer una autoestima demasiado elevada, un perfeccionismo un tanto obsesivo, ser autoritarios y agresivos y creerse en posesión de la verdad. Para rematar, cuando se les contraría pueden tornarse violentos e incontrolables. Poco había en su personalidad que escapara de aquella descripción.

A fecha de hoy sigue pensando que habría sido mucho más sencillo estar bajo el patronazgo de san Arturo de Irlanda, un personaje humilde, caritativo y obscuro, que de Xangô, una entidad bastante imprevisible y difícil de satisfacer.

Para relajar un poco la tensión provocada por estas revelaciones, Zé Paulino bajó el tono al decirle que el orixá que le acompañaba era Oxalá, padre de todos los orixás del candomblé y creador del mundo. Oxalá repele las energías negativas, eleva las positivas y, en su caso, le daba la paciencia necesaria para seguir escribiendo pese al poco éxito de sus libros.

Zé Paulino lanzó de nuevo varias veces los cauríes para augurar el futuro, pero cayó de nuevo en lo previsible: viajaría para encontrar nuevas ideas, aunque esas ideas vivían ya en su interior; en ese viaje iba a recuperar algo muy importante, algo que le daría más fuerza, y las puertas de su vida comenzarían a abrirse en un año.

La sesión finalizó con el pago de la tarifa establecida y la entrega de un pequeño óbolo para que Zé Paulino, cuando estuviera de vuelta en su terreiro, hiciera una ofrenda a Xangô.

Poco antes de cumplirse ese plazo de un año publicó su segunda novela, El olor de un diamante, que bien podría confirmar las profecías de Zé Paulino sobre un éxito brillante si, a los pocos días de su presentación en público, no se hubiera declarado la pandemia del coronavirus, cancelado toda la promoción de la novela y desaparecido de nuestras vidas los viajes. Aunque esta situación podría considerarse un rotundo fracaso de las predicciones del brasileño, también se puede interpretar como una premonición del largo y profundo viaje interior que muchos han realizado sin salir de sus casas.

Pero todo termina y, con el tiempo, acaba olvidándose. Muchas de las personas citadas en este libro han muerto; gran parte de los episodios históricos que sirven de telón de fondo a algunos capítulos, como la Guerra Fría, las revueltas del pan de Marruecos, la matanza de Tlatelolco o la Revolta de Sant Cugat desaparecerán de la memoria colectiva y pasarán, con suerte, a los libros de historia; hasta la lucha de clases, a la que tantos esfuerzos ha dedicado nuestro protagonista, parece ahora un concepto obsoleto y sin futuro.

Algún día, también, terminará esta historia que, por ahora, se queda en un final abierto.


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Xangô y sus otros orixás

Notas y santoral

Bibliografía y Tibi gratias ago

Los 35 santos de mi vida - 17 - NOTAS Y SANTORAL

 NOTAS

a

Para comprender el contexto histórico de los orígenes de esta sociedad tengamos en cuenta que, a mediados del siglo XVI, la Contrarreforma se había consolidado en el Concilio de Trento y que, en ese ambiente de crisis religiosa, se había fundado la Compañía de Jesús. Tres años después del inicio de los trabajos de Boland terminaría la Guerra de los Treinta Años, en la que participaron la mayoría de los países que en la actualidad forman la Unión Europea. Eran, pues, momentos de cambio y confusión, en los que surgieron filósofos de la importancia de Descartes o Pascal.

b

Según el tomo 128 de la revista Analecta Bolandiana, en ellas se recogía una mención muy escueta: “Pater Arthurus hiberniae Babiloniae Kal. Sept., anno Domini MCCLXXXII, vivus crematus”, es decir: “El Padre Arturo de Irlanda fue quemado vivo en Babilonia el 1 de septiembre del año del Señor de 1282”.

c

Hace unos años, en la región de Tur Abdin, muy cerca de la frontera siria y en la actualidad controlada por la guerrilla rojava, un anciano le recitó de memoria los nombres de estos doce reyes magos: Dahdandur, hijo de Artaban; Shuf, hijo de Gudfar; Arshak, hijo de Mahduq; Zarwand, hijo de Warwadud; Aryo, hijo de Kasro; Artahshasht, hijo de Hamit; Ashtanbuzan, hijo de Shishron; Mahduq, hijo de Hoham; Ahshiresh, hijo de Sahban; Sardanh, hijo de Baldan; Marduk, hijo de Bel.

d

El movimiento Kitawala, surgido en la provincia de Katanga hace unos cien años, tuvo en sus orígenes unos objetivos tanto políticos como religiosos: la independencia frente a Bélgica, la igualdad racial y la implantación del gobierno de Cristo.

Una vez lograda la independencia, los kitawala continúan resistiéndose a aceptar las leyes y símbolos del estado congoleño, como la bandera, el servicio militar y los impuestos. Siguiendo el ejemplo de los viejos creyentes rusos, un número significativo de seguidores de esta religión se ha instalado en las zonas más aisladas de la selva de la provincia de Équateur y la cuenca alta del Maiko, para evitar los contactos con las autoridades civiles. e

Otras sangres licuables son la del santo maronita Chárbel Makhlouf en el monasterio de Aannaya, unos cincuenta kilómetros al norte de Beirut, y la de san Pantaleón en el Real Monasterio de la Encarnación de Madrid

f

Xangô es un rey, todo majestad, imparte justicia. Tiene pasiones ocultas, que no revela. No habla, sólo observa, planifica, ordena lo que los demás tienen que hacer. Cuando las cosas no se hacen como él quiere, explota, pero luego se calma. Él tiene las llaves del mundo.


SANTORAL

Para las festividades variables se indica la fecha en que se celebraron en el año 2023. Para las que duran más de un día se señala el comienzo.

San Agilolfo: 31 de marzo

San Andrés: 30 de noviembre

San Antonio de Cartago: 14 de marzo

San Arturo: 1 de septiembre

Santo Rey Baltasar: 6 de enero

San Benito de Palermo: 28 de diciembre

San Brandán: 16 de mayo

Circuncisión de Cristo: 1 de enero

San Cucufato: 27 de julio

San Elesbaán: 27 de octubre

Exú Tranca Rúas: 2 de noviembre

Fermín Salvochea: 27 de septiembre

Gauchito Gil: 8 de enero

San Genaro de Nápoles: 19 de septiembre

Iemanjá: 2 de febrero

Santa Ifigenia: 21 de septiembre

Imam Reza: 17 de agosto

Jenarín de León: 6 de abril

San Jorge: 23 de abril

San la Muerte: 16 de agosto

Santa María Goretti: 6 de julio

San Martín de Porres: 3 de noviembre

San Máximo el Confesor: 13 de agosto

La santa Muerte: 11 de agosto

Ogum: 23 de abril

Oxalá: 25 de diciembre

Oxumaré: 24 de agosto

Pascua católica: 9 de abril

Pascua musulmana: 28 de junio

Pasola: 11 de febrero

Ramadán: 22 de marzo

San Roque: 16 de agosto

San Simón de Emesa el loco: 1 de julio

San Simón Estilita el joven: 24 de mayo

San Simón Estilita el viejo: 5 de enero

San Tarsicio: 15 de agosto

Santiago: 25 de julio

San Sebastián: 20 de enero

Virgen del Rosario: 7 de octubre

Xangô: 30 de septiembre


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Nihil obstat

Los santos desaparecidos

San Arturo de Irlanda

San Baltasar

Santa María Goretti, san Tarsicio y san Agilolfo

San Andrés de Teixido y otros santos navegantes

Genarín de León

La santa Muerte

Los niños santos

Fermín Salvochea

San Simón el estilita y otros santos locos de Oriente

El divino prepucio

Los gusanos sagrados

San Cucufato

El imam Reza

El gauchito Gil

Xangô y sus otros orixás

Notas y santoral

Bibliografía y Tibi gratias ago

Los 35 santos de mi vida - 18 - BIBLIOGRAFÍA Y TIBI GRATIAS AGO

 BILIOGRAFÍA

AGNES, Mario: Rubano una reliquia a Calcata. Roma, L’Observatore Romano, 29 de diciembre de 1984.

BEARD, Mary y HOPKINS, Keith: The Colosseum. Harvard University press, 2005.

BECHER, Ricardo y LARRINAGA, Tomás (directores): Gauchito Gil, la sangre inocente. Buenos Aires, Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales de Argentina, 2006.

BRAVO LARA, Blanca Estela: Bajo tu manto nos acogemos: devotos a la Santa Muerte en la zona metropolitana de Guadalajara. México, Revista Nueva antropología, vol.26 no.79, jul./dic. 2013.

BRENNER, Wayne: The Gospel of the Flying Spaghetti Monster. Austin, The Austin Chronicle. 14 de abril de 2006.

BUTLER, Alban; THURSTON, Herbert y ATTWATER, Donald (revisión y ampliación); GUINEA, Wifredo (traducción): Vidas de los Santos. México. Editorial John W. Clute, 1965.

CASTANEDA, Carlos:. The Teachings of Don Juan. Berkeley, University of California Press, 1968.

CIRO, Teodoreto de: Historias de los monjes de Siria (Edición de Ramón Teja) Madrid, Editorial Trotta, 2008.

CORAZÓN RURAL, Álvaro: En busca del Santo Prepucio. Jot Down, Barcelona, octubre de 2015.

FÁBREGA GRAU, Ángel.: Pasionario hispánico, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), vol. I, 1953, vol. II, 1955.

FORTESCUE, Adrian: Symeon Metaphrastes, en The Catholic Encyclopaedia. Vol. 10, Nueva York, Robert Appleton Company, 1911.

GIL TAMAYO, Juan Antonio: Hechos de Andrés y Mateo en la ciudad de los Antropófagos, en Scripta Theologica, Vol. 34, artículo 3, p.978-979, sep-dic 2002.

GIOBELLINA BRUMANA, Fernando: Las formas de los dioses. Universidad de Cádiz. Servicio de Publicaciones. 1994.

HARNECKER, Marta: Principios fundamentales del materialismo histórico. México D.F., Siglo Veintiuno editores, 1969.

MAALOUF, Amin: Las cruzadas vistas por los árabes. Barcelona, Ediciones Altaya, 1996.

LENOIR, Frédéric: Breve tratado de historia de las religiones. Barcelona, Herder Editorial, 2008.

MARTÍNEZ GONZÁLEZ, Arturo: Cuadernos de viaje. Disponibles en https://elforodemanrique.blogspot.com/search/label/.-%20Va%20de%20Viajes

MAY, Hermann-Josef; MISPAGEL, Felicitas y PFISTER, Franz: Marapu und Karitu. Mission und junge Kirche auf der Insel Sumba. Bonn, Hofbauer, 1982.

NOLAN, Steve : Getting Closer to God: Meet the Monk Who Lives a Life of Virtual Solitude on Top of a 131ft Pillar and Has to Have Food Winched up to Him by His Followers. Daily Mail, Londres, 5 de septiembre de 2013.

PONIATOWSKA, Elena: La noche de Tlatelolco. México D.F., Editorial Era, 1971.

POWELL, William: The Anarchist Cookbook. Nueva York, Citadel Press, 1975.

REPETTO, José Luis: Todos los santos y beatos del Martirologio Romano. Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2007.

UBIERNA, Pablo (SJ): El Santo en la sociedad bizantina. Una hagiografía de la estulticia, de Simeón de Emesa a Andrés de Constantinopla. Santiago de Chile, Byzantion Nea Hellás, (16), Pág. 235–248, 2016.

VALLINA, Pedro: Crónica de un revolucionario. Con trazos de la vida de Fermín Salvochea. París, Solidaridad Obrera, 1958.

VAN BREDAM, Orlando: El retobado. Vida pasión y muerte del Gauchito Gil. Buenos Aires, Continente, 2014.

VORÁGINE, Santiago de la: La leyenda dorada. Madrid, Alianza Editorial. 1982.

Varios autores: Bibliotheca hagiographica latina antiquae et mediae aetatis. Bruselas, Ed. Société des Bollandistes, 1898-1901.

Varios autores: XV años del Cine Club Hannibal. Cartagena, LOYGA Artes Gráficas, 1993.


TIBI GRATIAS AGO

 Bartolomé Pozuelo, que me ayudó con las traducciones del y al latín, incluyendo las variantes medievales, y realizó una revisión exhaustiva del texto final, al que le hizo doscientos cinco comentarios.

Enrique Barrera, Quique, que me inspiró en la búsqueda de un título.

Fernando Giobellina y Hortensia Caro, que me abrieron el camino de las religiones populares de Brasil.

Fernando Osuna, que me proporcionó abundante información sobre Fermín Salvochea y otras figuras gaditanas.

Fran Camacho, que leyó un par de versiones de este libro y me regaló unos consejos excelentes para hacerlo más legible.

María Alcantarilla, que durante años y con una paciencia infinita ha intentado orientarme en el difícil oficio de escribir.

María Mur, que leyó y criticó, con una constancia digna de mejor causa, tres o cuatro versiones de este texto.

Pedro Pardo, bilbaíno, motorista, cocinero y editor, que me ofreció una opinión desinteresada e impía (en el buen sentido de la palabra).

Pilar Mur, que fue capaz de encontrar trescientas sesenta y dos imperfecciones en un texto que yo consideraba terminado.

Zé Paulino de Ogum, que leyó en los cauríes mi pasado, mi presente y puede que mi futuro.


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Los niños santos

Fermín Salvochea

San Simón el estilita y otros santos locos de Oriente

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El imam Reza

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Xangô y sus otros orixás

Notas y santoral

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