sábado, 1 de junio de 2024

Los santos de mi vida - 5 - SAN ANDRÉS DE TEIXIDO Y OTROS SANTOS NAVEGANTES

Acababa de terminar segundo de bachillerato cuando sus padres lo enviaron a pasar un par de semanas en un campamento de las Juventudes de Acción Católica.

No le hizo mucha gracia aquella iniciativa; le molestaba sobre todo convivir con otros treinta o cuarenta chavales (no niños, no jóvenes) de su edad, lejos del entorno protector de su familia y de su pandilla mugardesa. Años después se dio cuenta de que, probablemente, fue aquella combinación de factores lo que indujo a sus padres a enviarlo a una granja en las afueras de Cedeira, una villa de pescadores y percebeiros a treinta y cinco kilómetros de Ferrol.

Las instalaciones eran, por decirlo de una manera suave, espartanas. Nada más llegar tuvieron que excavar unas letrinas tras un seto de aligustres; el mal olor que salía de las mismas, la postura incómoda y la falta de intimidad le causaron un estreñimiento duradero.Tampoco había duchas, pero eso no constituía ningún inconveniente en una época en que se consideraba normal ducharse y mudarse una vez a la semana; además, siempre podían aprovechar los baños en la playa o en el cercano río Condomiñas para quitarse la mugre.

Contra lo que pueda suponerse, el programa de actividades no era demasiado religioso. Es verdad que el día comenzaba con una misa al aire libre antes del desayuno, pero la mayor parte del tiempo lo dedicaban a diversos aprendizajes más profanos, como hacer nudos o practicar vendajes. Lo mejor eran las excursiones.

Quizás la caminata que más le impresionó fue la realizada hasta San Andrés de Teixido, en un largo y bastante duro recorrido a través de la sierra de Capelada, con casi cuatrocientos metros de desnivel. A su edad, el cansancio quedaba olvidado ante la aventura de andar durante horas por el monte, de hacer lo mismo que los mayores. Conoció el vértigo al llegar al Milladoiro do Chao do Monte, desde el cual se contemplaba el mar casi en vertical y, colgada allá abajo a mitad del acantilado, la aldea de San Andrés.

Entonces no había carretera y los catorce kilómetros finales del acceso a la capilla transcurrían por pistas y senderos flanqueados por más de veinte humilladeros, lo que proporcionaba mucho más mérito a quien completara la peregrinación. Tampoco era gran cosa lo que se podía hacer al llegar a la aldea: visitar la capilla del santo y comprar —los pocos que tenían dinero— los amuletos de pan ácimo teñido de colores (la barca, el sol, la escalera, la man furada) en algún tenderete improvisado.

Quizás fue el buen recuerdo que siempre ha conservado de aquella excursión y de un peregrinaje posterior, lo que años más tarde lo empujó a buscar información sobre la vida de aquel santo remoto.

Uno de los aspectos que más le gustaron de la investigación sobre San Andrés Apóstol fue que en la Iglesia Ortodoxa lo conocieran como Protokletos (el primer llamado) por creerse que fue el primero en seguir la llamada de Jesucristo. A menudo había pensado que era muy fácil sumarse a una organización consolidada, fuera un partido político, una oenegé, un equipo de fútbol o una cofradía, pero siempre se había preguntado quiénes serían los primeros en apuntarse, qué los movería a sumarse a un grupúsculo desconocido y minoritario, a una organización de poco probable supervivencia.

San Andrés es uno de esos santos, como san Jorge, de existencia probada y dudosa historia. Para empezar, no se encuentra a nadie que se llame así en escritos en hebreo o arameo anteriores al siglo II. No era, pues, un nombre común en Judea ni Samaria; el patronímico solo se hizo popular entre judíos, cristianos y pueblos helenizados de la provincia de Judea a partir de la extensión del cristianismo. Era, con casi total seguridad, un forastero procedente de alguna colonia griega.

Después de la muerte de Cristo, los textos primitivos lo ubican como predicador en Escitia, aunque él, fiel a su tradición marinera, se ciñó al extremo más occidental de dicha región, en la orilla norte del Mar Negro, de donde posiblemente procedía. A bordo de una barca remontó el Volga hasta Véliky Novgórod, en cuyo kremlin se conserva una preciosa iglesia dedicada a su culto. Otras fuentes menos fiables, como los Hechos de Andrés y Mateo en la ciudad de los antropófagos, alcanzaron gran difusión al ser traducidas al griego, al latín, al copto, al siríaco y al etíope.

Ciñéndonos a textos más creíbles, parece que la intensa actividad proselitista de Andrés el Apóstol entró en conflicto con las autoridades romanas, que lo mandaron crucificar en la ciudad griega de Patras, donde se encuentran tanto la iglesia vieja de san Andrés como una moderna catedral a él dedicada y que acoge parte de sus restos. Otras piezas de su esqueleto fueron trasladadas a Amalfi durante la Cuarta Cruzada, en el contexto del intenso tráfico de reliquias tan rentable en aquella época.

Aunque no hay ninguna constancia histórica de que viajara al occidente europeo, no resulta demasiado extraño que este santo, asociado siempre a la navegación y declarado en 2013 patrón de la acuicultura española, apareciera frente a las costas gallegas a bordo de una barca de piedra naufragada junto a los acantilados de Herbeira, que se cuentan entre los más altos de Europa.

Solo una leyenda puede explicar cómo aquel lugar, tan alejado de las rutas comerciales, ha llegado a convertirse en un destino de peregrinaciones de cierta importancia.

A poco de que la aldea pasase a manos de la Orden de Malta en 1296, se extendió un rumor interesado: se decía que san Andrés, quien al parecer estaba enterrado en la capilla del pueblo, se había quejado a Dios de que a él nadie lo visitaba, mientras que la no muy lejana tumba del apóstol Santiago (en la que otras teorías sitúan los restos de Prisciliano de Ávila, el primer ejecutado por el cristianismo hispano por razones doctrinales) rebosaba de peregrinos. Para mitigar la envidia de san Andrés, Dios decretó que a su tumba en Teixido vai de morto o que non foi de vivo.

No fue mala la idea desde el punto de vista de los resultados, ya que el flujo de peregrinos a Teixido, sin alcanzar las cifras excesivas de Compostela, creció con rapidez y se mantiene hasta la actualidad. Una cosa, sin embargo, falló en esta campaña: la difusión. La orden divina, muy conocida en toda Galicia, parece no haber ejercido gran influencia en el resto de la cristiandad. Mucha gente supone que la obligación solo afecta a los creyentes gallegos, que acuden en vida para evitarse un viaje tan penoso una vez muertos, mientras que los visitantes procedentes de otras regiones viajan a la aldea por motivos más turísticos.

El problema de no cumplir el peregrinaje en vida no es solo la obligación de realizarlo después de muerto, sino la forma de hacerlo. Si nadie de la familia se ocupa de llevar en espíritu a la persona que ha tenido la desgracia de morir antes de cumplir el voto, el difunto tendrá que apañarse con sus propios medios, lo que en la práctica significa realizar el viaje bajo la forma de un reptil o un anfibio, en un recorrido muy lento y peligroso. Quizás por eso, ningún gallego molestará a uno de estos animales que se mueva en dirección a Teixido. Podría tratarse de un ánima en pena; el castigo por dificultarle su viaje no se explicita, pero se supone que es terrible.

Por lo tanto, es mucho más cómodo para el difunto realizar el viaje acompañado por familiares. Dos veces ha asistido nuestro protagonista al rito de partida y en alguna ocasión se ha encontrado con una de esas comitivas por los caminos rurales.

Habitualmente, el ritual se desarrolla pocos días después de la muerte, para evitar que un difunto demasiado impaciente emprenda camino por su cuenta. Los familiares más cercanos se dirigen a la tumba portando un cirio de la misma altura que el finado. Una vez en el cementerio y tras rezar un padrenuestro y cuatro avemarías, se llama al alma del difunto tres veces por su nombre, conminándolo a levantarse y a acompañar a sus parientes. Es importante, si el difunto tiene un mote, utilizarlo también en la llamada para evitar confusiones.

Si el trayecto se realiza en coche o autobús, basta con dejarle un asiento libre al ánima, pero cuando el recorrido se hace andando, la logística es mucho más complicada. No solo hay que reservarle al difunto un asiento y un servicio completo cada vez que se come o se duerme bajo un árbol o en algún establecimiento al borde del camino, sino que es fundamental avisarle cuando el grupo se detiene a descansar o arranca de nuevo. Si se obvia esta precaución, el difunto puede seguir andando por su cuenta o quedarse sentado al borde del camino, con unas consecuencias imprevisibles.

Estas peregrinaciones fúnebres no suelen estar bien vistas por la jerarquía católica, que recela de toda actividad religiosa realizada sin la dirección de un clérigo. En este caso, como en los ritos rocieros y otros desplazamientos rituales, a la presunta herejía se suma el riesgo de que un grupo de personas de distintos sexos convivan varios días fuera del control de vecinos y párrocos.

Sin llegar al desenfreno de una esfolla, donde mozos y mozas se reúnen en un alpendre para deshojar las espigas de maíz y compartir en los rincones peor iluminados algo más que el trabajo y la música, estas “peregrinaciones con ánima” tenían siempre un punto erótico. Años después del campamento de Cedeira, en su primera participación en un acompañamiento de un difunto, Arturo comprendió las advertencias de don Jesús: “¡Las primas, ay las primas! Hay que tener mucho cuidado con ellas”. Ya en la primera noche del viaje recibió en su habitación la visita de una de sus primas segundas, algo mayor que él, inútil e incansablemente empeñada en recibir sus primicias. Desconocedor de los detalles de la mecánica sexual, le sorprendieron las intensas manipulaciones de su prima, realizadas con más empeño que pericia. Hasta que ella se hartó y abandonó la habitación dando un portazo, el permaneció inmóvil sobre la cama, las manos detrás de la cabeza y la mirada fija en el cuerpo de su prima, quizás paralizado por la sorpresa y muy atento a los detalles que hasta entonces solo había imaginado.

Cuando ella se marchó, volvió a dormirse. No interpretó aquello como un fracaso, sino que se quedó con las sensaciones muy placenteras provocadas por los intentos de su prima.

A su regreso a Mugardos, incapaz de confesarle al párroco los pecados contra el sexto y noveno mandamientos cometidos esa noche y las posteriores, vivió en pecado mortal durante varias semanas. Un viaje a Ferrol le permitió liberarse de la culpa con un cura anciano y casi ciego, que le impuso una fuerte penitencia y le prohibió tener nuevas relaciones con aquella prima. Cumplió al pie de la letra lo prometido, no por decisión propia sino por falta de ocasión. Al poco tiempo de volver a Mugardos, su tío fue destinado a Pontevedra, a donde se trasladó con toda su familia retirando así el combustible que amenazaba con quemar a la pareja en las llamas eternas del infierno.

No fue el del sexo su único descubrimiento de aquel año. Aprovechando un viaje de sus padres a Valencia, pasó horas explorando meticulosamente el despacho de su padre. Colgada detrás de una foto de su abuelo José con uniforme de capitán de máquinas encontró una llave, con la

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que pronto abrió uno de los cajones de la mesa. Allí, escondida bajo unos papeles, descubrió su nuevo tesoro: una pistolita Astra de pequeño calibre y una caja de munición. Desde ese momento, siempre que tenía ocasión buscaba la pistola, que pronto aprendió a cargar, montar y desmontar, pero nunca llegó a disparar. Aquella fascinación por las armas de fuego le acompañaría toda su vida.

En otro de sus viajes a Teixido, que hizo a finales de los años sesenta en el coche de los únicos parientes cercanos que disponían de un vehículo privado, pudo comprobar la credulidad de los peregrinos. Al cruzar un puente, vio a un grupo de personas vestidas de negro, con aspecto claramente rural, que descansaban a la sombra de un roble a la orilla del camino. En el centro del grupo se erguía un gran cirio encendido.

Pocos kilómetros más adelante, sus tíos pararon en un mesón muy conocido por la calidad de su tortilla de patatas. De nuevo en el coche, pronto dieron alcance al grupo de peregrinos. El tío Domingo, que conducía bajo los efectos de un par de copas de coñac, no lo dudó: detuvo el coche junto a ellos y les preguntó si iban acompañando a un difunto. Cuando se lo confirmaron, les advirtió que su pariente se había quedado bajo el roble, al no haberse percatado de la marcha del resto del grupo.

Los caminantes, tras agradecerle la advertencia, dieron media vuelta y retrocedieron seis o siete kilómetros hasta el punto donde habían olvidado al difunto.

Hoy en día, el evento está bastante masificado. Hay una carretera asfaltada que baja zigzagueante por el monte hasta llegar al pueblo, un amplio aparcamiento de pago y unas treinta casetas donde, bajo unos altavoces que emiten una incesante música folclórica, se puede comprar todo tipo de mercancías más o menos relacionadas con el santo: amuletos made in China, miel, estampas religiosas, varios tipos de aguardiente, botellitas con agua de la fuente ubicada junto a la capilla y hasta pisapapeles de metacrilato que contienen en su interior un ramito de herba de namorar, al parecer infalible para conseguir el amor de otra persona. Para ello, basta con introducirle unas hojas en el bolsillo sin que el destinatario lo advierta, aunque las vendedoras no especifican si la hierba funciona con todo tipo de amores o, siguiendo la tradición católica, está reservada a las parejas heterosexuales.

Es muy probable que la leyenda de la llegada de san Andrés a esta aldea remota, sin ninguna conexión demostrable con la historia oficial del santo, derive de la tradición de los santos navegantes celtas, como san Columba o Columbano, pero en especial de san Brandán. Este monje, irlandés como san Arturo, en su labor evangelizadora navegó por el Atlántico Norte en torno al siglo VI. Sus viajes, relatados en la Navigatio Sancti Brendani, se hicieron muy populares en su versión oral, por mucho que después en sus Actas los bolandistas los clasificaran como apocripha deliramenta.

Es lógica la mala fama de dicho libro, si tenemos en cuenta que la Navigatio narra la estancia de san Brandán y sus catorce compañeros en una serie de lugares en los que se mezcla lo verosímil con la pura fantasía. Así, en su barca de cuero visitaron la isla de las ovejas, quizás alguna de las Feroe; la isla del castillo deshabitado, cuyo único inquilino era un diablo etíope; la isla pez, en donde celebraron misa y encendieron una hoguera hasta darse cuenta de que se trataba del lomo de un pez gigantesco; la isla de las aves, habitada por pájaros que rezaron con los monjes y que, en realidad, eran ángeles que no quisieron tomar partido en la lucha entre san Miguel y Lucifer; el Paso del Infierno, donde los demonios lanzaron bolas de fuego sobre su bote; la isla de la Tierra Prometida y hasta la isla del Paraíso, antes de desembarcar en la isla de Brandán, donde fundaron un nuevo monasterio.

A lo largo de los siglos se han organizado numerosas expediciones en busca de esta isla Brandán o Borondón, pero ninguna ha logrado dar con ella. Algunos mapas la sitúan al oeste de las islas Canarias, pero no se conoce su ubicación exacta por la habilidad que posee de ocultarse entre la niebla, que le ha valido los apelativos de «la Inaccesible», «la Non Trubada», «la Encubierta», «la Perdida» o «la Encantada». No debe sorprender esta circunstancia; según Gonzalo Torrente Ballester, la ciudad de Castroforte del Baralla es capaz de levitar hasta ocultarse entre las nubes cuando sus habitantes se sienten amenazados. Pese a no haber sido hallada nunca, legalmente la isla pertenece a España. En un exceso de precaución jurídica, en el Tratado de Alcáçovas de 1479, por el que España y Portugal se repartieron el Atlántico, aparece citada como “San Borondón (aún por ganar)” y se acuerda que forma parte de las Islas Canarias, asignadas a España. Somos así, quizás, el único país europeo que posee una isla imaginaria.


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Los 35 santos de mi vida - 6 - GENARÍN DE LEÓN

Cuando Arturo era todavía un niño, el vino era un premio habitual. Los domingos, si sus padres consideraban que se había portado bien durante la semana, en la comida familiar le añadían un chorrito de tinto a su vaso de agua. Su abuelo, empeñado en que sus nietos aprendieran inglés, había introducido un requisito adicional: a los niños solo se les servía agua, pan y vino si los pedían en inglés. Please a little water, a little bread, a little wine. Como hijo mayor, él tenía el privilegio de servirle a su padre un poco de coñac después de la comida; para mejorar el pulso tuvo que ensayar una tarde entera en la cocina, con una botella de agua y uno de aquellos vasitos de tasca, estrechos y con un culo de dos o tres centímetros de espesor, en los que su padre prefería beber el Centenario Terry.

No hay constancia de su edad la primera vez que entró en un bar con sus amigos y pidió una cunca de vino de Betanzos. Es probable que fuera cuando estaba en quinto de bachillerato, con cualquiera de los compañeros que habían abandonado los estudios el verano anterior y comenzado a trabajar. Ya eran hombres, pensaban, y lo demostraban bebiendo aquel vino tinto, áspero, con restos del azufre con el que se desinfectaba las viñas. El vino blanco era para las chicas, que también bebían, y todavía no se habían acostumbrado al sabor amargo de la cerveza.

Durante aquellos largos veranos del final de bachillerato solía hacer acampada libre con un grupo de compañeros de clase en cuanto pueblo de la comarca celebrara sus fiestas patronales. Bailaban mucho, bebían más de la cuenta e intentaban ligar con las chicas de la aldea, con muy poco éxito.

Tanto sus amigos como él eran admiradores de la generación beat y, especialmente, de Jack Kerouac, cuyo libro En el camino habían convertido en un manual de instrucciones de vida. Intentaban, dentro de las muchas limitaciones de su edad y del país y la época en que se encontraban, acercarse al aspecto físico y la forma de vida que tan bien describía Harlan Ellison, otro de sus escritores de cabecera.

Barba, pelo largo, ropa semiharapienta, viajes en autostop, música underground y, sobre todo, alcohol en grandes cantidades. Abandonaron el vino, cosa de los entrados, los compañeros de estudios que habían optado por una vida más convencional, de novia formal, paseos en familia y planes de futuro. Ellos bebían destilados, sobre todo orujo o aguardiente, de precio más asequible y efectos más rápidos que el coñac o la ginebra. Tardarían todavía un par de años en acercarse a otras drogas más potentes, como la marihuana o el ácido lisérgico.

Épicas fueron las fiestas del Carmen en Cedeira, donde vestido con una camiseta de Raimon bailó muiñeiras hasta caer rendido en la arena de la playa, y la Festa dos Mozos de Campo Lameiro, donde Suso Vaamonde, Fuxan os Ventos y muchos otros tocaron durante toda una noche de exaltación galleguista, vino y sexo entre las xesteiras.

Pero lo que marcó un punto de inflexión en su relación con los destilados fue otra juerga.

Todo comenzó en Ares, un pueblo costero a solo cuatro kilómetros de Mugardos, a mediados de agosto, cuando allí se celebraban las fiestas de san Roque, entonces defensor de los perros y otros animales de compañía y a quien ahora se considera el mejor protector contra las pandemias.

Estaban tan borrachos que no recuerda muchos detalles de lo sucedido. Probablemente, aquella noche, cuando terminó la actuación de Ana Kiro, se fueron a la tienda de campaña con un buen suministro de aguardiente de orujo. Eran otros tiempos y, pese a que en Orense ya se había producido una grave intoxicación colectiva conocida como caso del metílico, no existía el más mínimo control de calidad de estos aguardientes caseros, que solían contener un cierto porcentaje de alcohol metílico, un fuerte tóxico que en dosis excesivas puede producir ceguera e, incluso, la muerte.

Por suerte, la cosa no llegó a tanto, pero cuando a la mañana siguiente consiguió llegar a casa tuvo que permanecer varios días en la cama. Se prometió no volver a consumir aguardiente, juramento que cumplió durante años.

Rompió aquellos votos en León, una noche loca de Jueves Santo, en el curso de la procesión en honor de Genarín. No se debe confundir a este santo leonés, amante del orujo, con otro san Genaro, el patrón de Nápoles, cuya sangre se licúa todos los 19 de septiembre.

Genaro Blanco fue un curtidor más devoto de la mala vida que de la religión oficial. Sus contemporáneos lo recuerdan como una persona buena y divertida, que nunca se negaba a hacer un favor a un amigo ni rechazaba una invitación a un chato en cualquier taberna del barrio Húmedo, donde vivía. Tenía un amplio círculo de relaciones, que se extendía desde los ganaderos y talabarteros con los que trabajaba hasta las numerosas prostitutas de su barrio, de las cuales se comenta que fue cliente tan asiduo como su discreta economía le permitía.

Dice la leyenda que, pese a su copioso consumo de alcohol, nunca se le conoció un Gatillazo, por lo que en León se le considera patrón de quienes sufren cualquier tipo de disfunción eréctil. Se asegura que una oración a san Genarín, que circula en círculos muy restringidos, es muy eficaz para estos males.

Después de una vida larga y feliz, mientras desahogaba su vejiga la medianoche del Jueves Santo de 1929, lo atropelló frente a las murallas romanas el único camión de la basura de la ciudad. Otras versiones poco respetuosas con su memoria indican que no eran aguas menores sino mayores las que estaba evacuando en el momento de su defunción.

A partir del año siguiente se empezó a celebrar una procesión en su honor, organizada al principio por sus contertulios, los llamados Cuatro Evangelistas (el árbitro de fútbol Nicolás Pérez, el taxista y coplero Eulogio, el dentista y poeta Francisco Pérez y el mecenas Luis Rico, quién dilapidó la fortuna familiar en esta aventura). Hoy en día, la tradición convoca a miles de fieles de toda la Península que brindan con orujo mientras acompañan la efigie del santo. Esta procesión, cuya organización corre ahora a cargo de la Cofradía de Nuestro Padre Jenarín, ha sido declarada Bien de Interés Cultural, honor que comparte con la de la Macarena en Sevilla.

Con los años, y gracias a los numerosos milagros que se le atribuyen, el desfile reúne cada vez a más fieles, hasta superar en la actualidad la cifra de quince mil. La procesión fue prohibida en 1957 y no se reanudó oficialmente hasta la llegada de la democracia, si bien según la prensa local se siguió celebrando durante los años oscuros, aunque envuelta en una discreta semiclandestinidad.

En 1975, cuando él asistió por primera vez, esta ocultación era ya puramente formal. Al parecer, el principal motivo (inconfeso) de la prohibición era el éxito de la procesión profana, a la que concurrían más fieles que a la simultánea del Cristo de las Bienaventuranzas.

Para intentar seducir a una chica de Arizona, llegada a Madrid para mejorar su español y enamorada, como él, de los comics de Richard Crumb, le propuso viajar juntos a León, aprovechando las vacaciones de Semana Santa.

Llegaron a León muertos de frío y empapados, de madrugada, a bordo de una Vespa 160 que había comprado con su primer sueldo. Al ver su lastimoso aspecto, la patrona de la pensión no insistió demasiado en que le enseñaran el Libro de Familia, obligatorio entonces para toda pareja heterosexual que quisiera compartir una habitación.

Todo habría ido bien si en la misma pensión no se hubiera alojado otro norteamericano, de quien la arizoniana se prendó inmediatamente; hasta tal punto, que al día siguiente se mudó a la habitación de su paisano.

Desolado, salió a la noche leonesa a buscar cualquier tipo de olvido. Por suerte o por desgracia, se topó con la procesión de Genarín, donde conoció a una estanquera vallisoletana que, entre brindis y brindis al santo, le prometió un amor eterno que duró, exactamente, hasta el domingo de Pascua, cuando la acercó con su moto a Valladolid. A la de Arizona no la volvió a ver. 

Entre los milagros que se atribuyen a Genarín destaca el de la Cultural Leonesa, principal equipo de fútbol de la provincia. Antes de un partido decisivo, los cuatro evangelistas regaron el campo con orujo y encomendaron el encuentro a Genarín. Al día siguiente, la Cultural ganó por un autogol del portero rival.

En las pocas ocasiones en que nuestro protagonista volvió a asistir a la procesión fue testigo del relativo orden y sosiego con los que transcurre, solo alterado al final, cuando algunos fieles, demasiado cargados de orujo, se niegan a dispersarse hasta el año siguiente. Por suerte, la atenta vigilancia de los cofrades más antiguos consigue que los incidentes no pasen a mayores y los asistentes se retiren para celebrar distintas cenas de hermandad, en las que se invoca con frecuencia a Genarín con las palabras: “Y siguiendo tus costumbres que nunca fueron un lujo, bebamos en tu memoria una copina de orujo”.

Tampoco se mantiene ya tan álgido el enfrentamiento entre los fieles del Cristo de las Bienaventuranzas y los de Genarín, hasta el punto de que son muchas las personas que en la noche de Jueves Santo participan en ambas procesiones.

Ahora, cuando los achaques le impiden disfrutar de los destilados como él querría, aún mantiene un último reducto de dignidad: la copita de orujo con la que cada Jueves Santo brinda a la salud de Genarín.


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Los 35 santos de mi vida - 7 - LA SANTA MUERTE

Por aquellos años, la presión policial en España contra el movimiento anarquista era muy intensa y los compañeros de la Federación de Grupos Autónomos le habían aconsejado que se marchase una temporada al extranjero, mientras las cosas se calmaban un poco. Les hizo caso, sin imaginarse que al otro lado del mar le esperaba un peligro mucho mayor. Se marchó una temporada a México DF, donde Isaac Tepetl, su silencioso compañero de celda en Londres, seguía matriculado en la Escuela Normal Superior.

Sus actividades en aquella capital inmensa y desbordante se limitaban a la lectura, el paseo y alguna reunión con otros exiliados. Aprovechó para ponerse al día de los escritores mexicanos del momento, desde Carlos Fuentes hasta Octavio Paz, pasando por Juan Rulfo y el intragable Monsiváis, y para patearse todos y cada uno de los museos que había en la ciudad.

Una de sus visitas más emotivas fue la que hizo con su amigo Isaac a la Plaza de las Tres Culturas. Allí, sentados en la cafetería del museo memorial de la matanza del 68, Isaac le contó cómo había logrado sobrevivir.

Había sido un miércoles, dos de octubre —su amigo todavía recordaba la fecha exacta—, cuando acudió con sus compañeros y varios miles de estudiantes más de todos los centros de la UNAM a una manifestación contra la brutalidad policial.

La ciudad se preparaba para celebrar los XIX Juegos Olímpicos, que comenzarían pocos días después, y el gobierno mexicano, presidido por el represor Díaz Ordaz, no estaba dispuesto a tolerar lo que llamaba alteraciones del orden público. Los manifestantes no conocían la trampa que habían preparado entre el Ejército y los paramilitares del Batallón Olimpia.

La columna de los normalistas, con la que marchaba Isaac, salió de Azcapotzalco y, casi tres horas después, entró en la plaza de Tlatelolco desde el noroeste. Iban exultantes. Somos dos, somos tres, somos mil y veintitrés, como en la canción de Moustaki. Veían la revolución al alcance de la mano.

Serían unas diez mil personas, entre estudiantes, familiares y otros grupos que apoyaban la protesta, cuando un helicóptero que sobrevolaba la plaza lanzó una bengala, dando la señal para que comenzara la matanza. Los soldados habían tomado todas las salidas y los paramilitares disparaban desde los balcones y el tejado de la iglesia. Muchos de los manifestantes yacían inmóviles sobre los adoquines, nadie sabía si muertos o heridos.

Isaac se tiró al suelo; la plaza no ofrecía ninguna protección contra los disparos, que llegaban desde todas partes. El hombre tumbado junto a Isaac no dudó un momento: rasgó en dos un pañuelo blanco, se amarró la mitad en la muñeca y le pasó la otra mitad a su compañero.

—No se le debe temer a la muerte —le dijo—. Es inevitable, pero conviene tenerla de tu lado. Cuando notas que te persigue cada vez más cerca, cuando sientes su hálito en la nuca, es el momento de pedirle ayuda. Solo la Niña Blanca puede salvarnos, rézale conmigo.

Entre el estruendo de los disparos y los gritos de los heridos le habló de guadañas y de puertas, de caminos y de amparos.

Cada vez que un soldado les apuntaba y ponía un dedo en el gatillo, bastaba con que alzaran los puños forrados de blanco para que las armas se apartasen de ellos. Fuese por intercesión de la santa Muerte o por algún otro milagro, Isaac y su salvador consiguieron escabullirse de la plaza sin un solo rasguño. Nadie durmió aquella noche de sangre; ellos amanecieron a la puerta del mercado de Sonora, donde se encontraba uno de los muchos altares consagrados a su salvadora.

Isaac le contó con todo detalle que allí, en uno de los puestos más recónditos, se levantaban dos estatuas de tamaño natural. Una de ellas era similar a la clásica representación cristiana de la muerte, un esqueleto con capucha y guadaña, pero vestido con ropajes blancos cubiertos de billetes de pesos de todas las denominaciones. La otra, según Isaac, era Mictecacihuatl, su equivalente azteca: también un esqueleto, esta vez de color negro y adornado con un penacho de plumas multicolores. La misma imagen en la que artistas como José Guadalupe Posada y Diego Rivera se inspiraron para crear la famosa Catrina.

El hombre habló en voz baja con una mujer, al parecer la encargada del altar. Querían agradecerle un favor a la santa y la india los fue guiando a lo largo de diferentes ritos: ahumar las imágenes con un puro, ponerles un cigarro en la mano, ofrecerles un vaso de mezcal, colgarles un rosario al cuello y dejar a sus pies algún dinero, en un espacio repleto de billetes, joyas, fotos y escudos de fútbol.

Los ritos y ofrendas parece que llegaron a su destino, porque ambos consiguieron salir de la capital sin que ningún policía les pidiera la documentación.

Isaac dejó de hablar, pero las lágrimas seguían bajando por su cara. Impresionado, Arturo le pidió que lo llevara a aquel puesto de Sonora, pero no lograron dar con él. Muchos años más tarde, en el verano de 2011, Arturo aprovechó unas vacaciones en Coyoacán para conocer algo más sobre la Santa Muerte. Para ello, fue a visitar a Enriqueta Vargas, apodada la Madrina, que había asumido hacía poco el liderazgo del Templo Santa Muerte Internacional después de que su hijo de 26 años, conocido como Comandante Pantera, muriera en un tiroteo.

Al principio, la Madrina se mostró muy reacia a hablar con un gringo, pero, después de que él le contara cómo su amigo se había salvado de la masacre de Tlatelolco, se relajó y aceptó dedicarle unos minutos para hablar de su culto. Le explicó que la santa Muerte formaba una parte muy importante de las creencias religiosas en las zonas más conflictivas de México y el sur de Estados Unidos. Según la Madrina, el culto a la santa Muerte, la Flaca, la Niña, la Blanca o el Ángel de la Muerte contaba con entre 10 y 12 millones de devotos, sobre todo en México, con un número significativo en los Estados Unidos y otros países de Centroamérica.

La Iglesia Católica no reconoce el culto, pero este rechazo no impide que exista una potente simbiosis entre ambas creencias.

Además de la ya citada Enriqueta Vargas, otro de sus principales líderes es David Romo Guillén, autoproclamado arzobispo de la Iglesia Santa Católica Apostólica Tradicional México-USA (ISCATMEX-USA), que propugna que el 15 de agosto, día de la santa Muerte, sea declarado de descanso obligatorio en todo México. En cambio, según la Iglesia Católica Ortodoxa de Curas Sanadores, la festividad debería celebrarse el día de Viernes Santo. Pese a la similitud de nombre, no se debe confundir la santa Muerte con san La Muerte, muy popular en los países ribereños del Río de la Plata.

En 2013 un taxista le contó la historia de este otro santo, durante un largo recorrido en coche por los esteros de Iberá. Él habría preferido que el conductor estuviera más atento a la pista de tierra, en muy mal estado, y a la tormenta que se avecinaba y que podía dejarlos aislados en mitad de la nada, pero el taxista insistió en seguir hablando de su santo patrón.

Según su versión, a principios del siglo XVIII un monje jesuita se apartó de su misión oficial de propagar la fe católica entre los guaraníes para curar sus cuerpos en lugar de sus almas, a la vez que aprendía de ellos el uso de diversas plantas medicinales. Las autoridades lo acusaron de brujería y lo emparedaron en régimen de total aislamiento. Meses después, cuando sus carceleros derribaron el tabique que sellaba la puerta de su celda, se encontraron con que solo quedaba un esqueleto, que levantó su brazo y señaló a quien lo había acusado falsamente. Pocos días más tarde, todos los que habían participado en su encarcelamiento murieron de enfermedades misteriosas.

Lo que une a ambas figuras, la santa Muerte y san la Muerte, es algo que los diferencia rotundamente de los santos de las religiones dominantes: a ambos se les puede pedir que ejerzan el mal contra alguien para vengar una injusticia, lo que algunos llaman magia negra.

Nuestro protagonista confiesa que solo ha pedido el mal en algunos casos muy justificados. Sin embargo, desde que la Niña Blanca le ayudó en un mal trance, no deja pasar ningún 15 de agosto sin celebrar su día y agradecerle que hasta ahora no haya querido llevarlo con ella.


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Los 35 santos de mi vida - 8 - LOS NIÑOS SANTOS

Después de las primeras semanas en México DF, vino una racha difícil. Se le acabó el dinero traído de España, no lograba encontrar trabajo y la policía mexicana, a petición de la española, iba apretando el cerco en torno a él. A Isaac no le iba mucho mejor. Recién expulsado, esta vez definitivamente, de la Normal, temía ser víctima de los Escuadrones de la Muerte.

Fue entonces cuando Isaac le propuso rebajar la presión yéndose una temporada a la comunidad mazateca de la que él procedía, en el estado de Oaxaca y, de paso, pedir ayuda a María Sabina, la mujer del libro blanco, una anciana que, según él, dominaba el rito de los Niños Santos, unos hongos alucinógenos.

Muy poco antes, Arturo había leído el libro de Castaneda sobre el uso de sustancias psicotrópicas en determinados cultos indígenas mexicanos y le había parecido un asunto un tanto turbio, pero Isaac le insistió en que esto era algo muy serio y que sus compañeros mazatecos consideraban que los yaquis habían perdido el control sobre las propiedades mágicas y sanadoras de los hongos. 

A primeros de diciembre emprendió una nueva etapa dentro de su huida de España.

Un microbús desvencijado que hacía el interminable trayecto entre Tehuacán y Coatzacoalcos los dejó a primera hora de la mañana en un cruce de caminos, en lo alto de la Sierra Madre Oriental. Desde allí, Isaac y él caminaron varias horas por un carril hasta llegar a San Antonio Eloxochitlán, donde pudieron comer unos tacos en un puesto callejero.

Después de otras tres horas por senderos del monte, alcanzaron la comunidad en donde vivían los padres de Isaac. Entre bosques de pinos y madroños se diseminaba una docena de cabañas en las que vivían unas cincuenta personas, casi todas ancianos, mujeres y niños. La mayoría de los hombres habían tenido que emigrar a la ciudad, desde que la construcción de una presa en el río Papaloapán los había expulsado de las tierras de cultivo más fértiles.

No fue fácil que le autorizaran a quedarse allí unos días; los indígenas veían con recelo la presencia de un extraño, por muy amigo que fuera de Isaac. Más difícil fue conseguir que le dejaran visitar el lugar donde María Sabina oficiaba su ministerio; casi tres días estuvo reunido el Consejo para tomar una decisión. A él, como ajeno a la comunidad, no le permitían asistir a las deliberaciones, mientras que Isaac, que no dominaba del todo el idioma de sus padres, solo le contaba que no había acuerdo en mostrar sus secretos a un gringo.

Mientras, él se entretenía leyendo un libro que le había prestado Isaac para el viaje. Era una recopilación de artículos de Flores Magón, filósofo anarquista inspirador de la revolución mexicana. Al parecer, la discusión se inclinó a su favor cuando el padre de Isaac reconoció al autor del libro, uno de los mazatecos más respetados. Él le abrió las puertas de los Niños Santos.

Todavía tuvo que esperar en la aldea otros tres días, obligado a mantener una dieta vegetariana y abstenerse de todo tipo de relaciones sexuales y del consumo de alcohol y otras drogas. Por suerte, estas condiciones eran sencillas de cumplir en aquel lugar perdido en lo alto de la sierra.

Una vez purificado, el día designado para el rito Isaac y él salieron de la aldea, vestidos de blanco y con las ofrendas para la chamana: fruta, flores y una vela. El gringo llevaba los ojos vendados para preservar el secreto del lugar del rito.

Cuando un par de horas después le quitaron la venda, se encontró en un patio adosado a una cabaña y cercado por un murete de piedra seca. Además de Isaac, lo acompañaban su madre y otras cinco o seis mujeres, todas cubiertas con sus huipiles de fiesta. Un anciano, vestido como ellos íntegramente de blanco, los contemplaba desde un segundo plano. En el centro del patio las mujeres estaban preparando un altar con las flores, frutas y velas de las ofrendas. Isaac colocó al pie del altar varios objetos personales, que quería cargar con la energía de los hongos, y le animó a hacer lo mismo.

Una de las mujeres resultó ser María Sabina, la chamana que dirigía la ceremonia. A través de Isaac le hizo una serie de preguntas para conocer el motivo de su visita y el objetivo que esperaba alcanzar con la ayuda de los Niños Santos. Solo cuando se quedó convencida de la pureza de sus intenciones, se sentó y comenzó a cantar una extraña melodía, acompañada por el sonido rítmico de un palo con el que golpeaba un caparazón de tortuga.

Se acercaba el momento crucial. La chamana sacó de un cesto un puñado de hongos desecados, con un aspecto similar al de los rebozuelos, pero de un color mucho más apagado, casi terroso. Siguiendo las instrucciones de Isaac, él hizo las peticiones que traía preparadas: quería salir vivo de México y llegar a España. Después los comió lentamente, paladeando cada mordisco.

En los primeros minutos no sintió nada especial y llegó a pensar que la chamana se había equivocado de hongos; por unos segundos le entró el pánico de haber comido alguna variedad venenosa. María Sabina seguía cantando, acompañada en ocasiones por el resto de las mujeres.

No habría transcurrido ni media hora cuando el canto de la chamana empezó a tomar forma. El azul del cielo se iba transformando y cambiaba de tono como si fuera parte de la melodía. Pronto, todos sus sentidos quedaron trastocados. Las montañas eran sonidos agudos, los árboles surcaban las escalas más graves; el olor de su sudor se volvió cálido y suave, mientras que el del estiércol de las gallinas le arañaba la piel como un papel de lija; los bordados rojos de los huipiles sabían a lima y el verde de las montañas le picaba en la garganta como un chile jalapeño. Los hongos habían tomado el control de su mente. Todas sus percepciones, y él mismo, se disolvían en la melodía de las mujeres.

Las alucinaciones continuaron durante toda la noche, acompañadas de nuevas ingestas del hongo. Los objetos que tenía a su alrededor se transformaban en otros en un tiovivo continuo. Una flor de la ofrenda se tornaba en árbol de la vida que crecía hasta el cielo; una de las figuras del árbol se le acercaba, y era él dentro de treinta o cuarenta años, portando varios libros entre las manos; su ojo derecho rodaba por el suelo y se convertía en el centro de un huracán; cientos de alebrijes lo rodeaban, con una actitud entre protectora y amenazante, y así hasta el agotamiento absoluto.

En medio de aquel torbellino, unas frases se repetían en su cerebro: Trabaja para los otros. Tú eres los otros. Los otros son tú. En algunos momentos se veía a sí mismo avanzando por un camino, dejando atrás a muchas caras conocidas: sus padres, sus hermanas, amigos, compañeros de lucha y de estudios… Todos lo empujaban hacia adelante, lo animaban a seguir caminando.

Había perdido el control del tiempo, pero conforme se aclaraba el cielo con las primeras luces del amanecer, se fueron disipando los efectos de los Niños Santos.

Cuando se preparaban para volver a la aldea, a través de Isaac le pidió a María Sabina que le explicara el significado de lo que había visto o soñado, pero la chamana se negó, indicando que las visiones eran personales, que no debía contárselas a nadie y que él mismo, cuando estuviera preparado para hacerlo, iría averiguando su significado.

Tal vez fuera la suerte o quizás la protección de los Niños Santos, pero en unas semanas pudo regresar a España, sin ningún problema con la policía mexicana ni con la española.

Meses después, Isaac dejó de contestar a sus cartas. Con el tiempo, pudo saber que había pasado a ser uno más de los miles de personas que desaparecen cada año en su país. En su caso, las pistas no apuntaban hacia ninguna de las bandas de narcotraficantes que operaban en torno al golfo de México, sino a un grupo de agentes del CISEN con el apoyo del MI6 británico.


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Los 35 santos de mi vida - 9 - FERMÍN SALVOCHEA

Su primer contacto con Fermín Salvochea fue a principios de los años setenta, cuando estaba entusiasmado con su reciente abandono de la fe católica y con sus nuevas creencias anarcosindicalistas. Acababa de leer un libro del filósofo Feyerabend, en donde había aprendido que toda elección es cuestión de gustos, y buscaba algo nuevo para leer revisando con desgana la biblioteca del colegio mayor en que se alojaba.

En eso estaba cuando apareció su amigo K por la puerta de la biblioteca, sin avisar, como de costumbre. Tenía el mismo aire siniestro de siempre: bigote poblado, a medio camino entre Trotsky y Groucho Marx, cazadora de cuero negra, botines de piel con elástico y pantalones negros con raya planchada.

Con ese aspecto le era fácil pasar desapercibido en cualquier ambiente, que se supone que es lo que pretendía. No desentonaba en la cafetería de la Facultad de Derecho, ni en la cola de entrada a una fábrica ni en una misa de doce en la catedral de la Almudena.

K era un compañero de militancia anarcosindicalista a quien nunca llegó a conocer de verdad, una persona tremendamente elusiva. En los ocho años que duró su colaboración no consiguió averiguar cuál era su verdadero nombre, a qué se dedicaba cuando no estaban juntos ni cuáles eran sus relaciones con las antiguas y prestigiosas organizaciones anarquistas, como la FAI o la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias, en las que gran parte de los ácratas de Madrid soñaban con ser admitidos algún día.

Era evidente que mantenía buenos contactos con “el exterior”, como se llamaba entonces a las organizaciones antifranquistas radicadas en el extranjero. K era una fuente inagotable de información y de contactos con artistas, escritores y trabajadores de cualquier sector donde hubiera un conflicto laboral. También fue él quien le consiguió su primera pistola, una vieja Tokarev T-33 procedente de la Segunda Guerra Mundial. Aquel arma, que por suerte pocas veces tuvo que usar, fue durante mucho tiempo una fuente de problemas: practicar la puntería, esconderla en un lugar seguro pero accesible, conseguir munición…

Años después tuvo ocasión de sustituir la Tokarev por algo mucho más moderno: un subfusil Micro-Uzi que, pese a presentar los mismos riesgos de seguridad que la pistola, ofrecía una potencia de fuego mucho mayor.

Este subfusil le acompañó hasta mediados de 2020. Durante los tres meses de confinamiento tuvo tiempo para tomar bastantes decisiones; una de ellas fue deshacerse de la Uzi, después de muchos años en desuso. La desmontó por completo, comprobó que el número de serie seguía siendo ilegible y fue arrojando al mar las piezas a todo lo largo del trayecto en catamarán entre Cádiz y El Puerto de Santa María. Al llegar a El Puerto se reía por dentro pensando en las deducciones de los arqueólogos si llegaban a encontrar los restos de una ametralladora israelí durante el siguiente dragado del canal de acceso al saco interior de la bahía.

Volviendo a K, quien poco después lo empujaría a meterse en líos para los que todavía no estaba preparado, aquella tarde se limitó a entregarle una biografía de Fermín Salvochea, recién llegada de contrabando desde Francia.

—Léela —le dijo K—, pienso que te va a interesar.

Por aquella época él creía, como cantaba Miguel Ríos, que formaba parte de la generación límite y que la revolución, o la hacían él y sus compañeros o no se haría nunca. Por desgracia, el tiempo parece haberle dado la razón, pues ni ellos hicieron la revolución ni hay perspectiva de que se vaya a producir a corto plazo un cambio generalizado de sistema.

En aquel contexto es lógico que le atrajera el personaje de Salvochea, capaz de llevar sus ideas hasta el límite, y que buscara más información sobre su vida.

Así se enteró de que estuvo afiliado a la Primera Internacional. Más partidario del comunismo libertario de Bakunin que del materialismo histórico de Marx, Salvochea tradujo al español varias obras de Kropotkin e intentó poner en práctica las ideas anarquistas hasta sus últimas consecuencias. Fue aquella actividad divulgadora de Salvochea lo que inspiró a nuestro protagonista a traducir al español los fragmentos más interesantes de The Anarchist Cookbook, un recetario con instrucciones detalladas para fabricar botes de humo, cócteles molotov, armas caseras, LSD y otras especialidades muy demandadas en aquel momento. Así, encerrado en su habitación de un colegio mayor, robó muchas horas al estudio para traducir aquella joya, cuya versión original se ha seguido imprimiendo hasta la actualidad y lleva más de dos millones de copias vendidas.

Tecleó la traducción sobre clichés de multicopista, una de las maneras más asequibles en los años finales del franquismo para lanzar publicaciones ilegales. Por desgracia, que él sepa, no se conservan los originales, quemados para eliminar pruebas una vez impresas cincuenta copias. La inepta policía franquista, la llamada Brigada Político-Social, no fue capaz de rastrear al traductor a partir de las copias incautadas en registros de diversos domicilios particulares. K había cumplido su promesa y ninguno de los detenidos con una copia del recetario en su poder conocía los demás escalones de la cadena de distribución.

K era un especialista en lo que entonces se llamaba clandestinidad y se preocupaba mucho no solo de su propia seguridad sino de la de todos sus compañeros. Él los adiestró en técnicas de disimulo, en cómo esconder material comprometedor o montarse una fachada de falsa respetabilidad; con los militantes más cercanos a él estableció un sistema diario de citas de seguridad, que consistía en verse por parejas todos los días, cada día de la semana en un sitio diferente y a distinta hora. En esas citas no se hablaban ni casi se miraban, sino que se limitaban a pasar uno al lado del otro como por casualidad. Si alguien faltaba a una cita, había una segunda oportunidad una hora después, si volvía a faltar, se suponía que estaba detenido y todos los demás en contacto con él debían desaparecer de su domicilio habitual. Los puntos de reunión y pisos de seguridad que pudiera conocer el presunto detenido quedaban abandonados hasta nuevo aviso.

Gracias a estas y otras medidas, de las que los anarquistas eran alumnos aplicados y estrictos cumplidores, la policía nunca consiguió desarticular su grupo. Solo una vez detuvieron a varios de ellos creyendo que pertenecían a un grupo trotskista, por lo que no pudieron sacarles ninguna información útil. Por supuesto, aquella vida tan tensa como divertida afectaba al cuerpo y al espíritu; tardó años en liberarse de alguna de sus secuelas.

No volvió a interesarse por Salvochea hasta su traslado forzoso en 1987 a Cádiz, donde supo que era considerado santo y milagrero y se conservaba abundante documentación sobre su vida humilde y generosa hasta el extremo. Averiguó así que, en 1868, Salvochea tomó parte muy activa en el pronunciamiento de la Gloriosa. A partir de 1873, con la proclamación de la República, fue elegido alcalde de Cádiz e impulsó medidas tan progresistas como la prohibición de los cultos religiosos en la calle y la creación del cuerpo miliciano de los Voluntarios de la Libertad, al frente de los cuales defendió la recién proclamada república federal. Que una figura tan radical llegara a ser uno de los alcaldes más queridos de Cádiz resulta, cuanto menos, sorprendente, aunque jugaba en su favor la época convulsa tras el triunfo de la Primera República, las ideas nuevas que se extendían por todo el mundo y la crisis económica y la carestía que afectaban a gran parte de la población.

Salvochea murió en 1907 al caer desde la mesa sobre la que dormía, ya que su cama se la había regalado a un enfermo que la necesitaba más que él, cimentando así su fama de santidad.

Con el tiempo, su reputación de bondadoso y caritativo llevó a que se le rindiera culto en el cementerio municipal y se le atribuyeran numerosos milagros. Sus devotos formaban parte, mayoritariamente, de los estratos sociales más desfavorecidos.

A Arturo, en cambio, el interés por este santo laico se le fue desvaneciendo a medida que aumentaba su participación activa en la política local. Jubilado y libre de contradicciones entre el pacifismo y su trabajo en una empresa de armamento, pasó unos años intensos y divertidos colaborando con un pequeño partido municipalista, donde se ocupaba de una serie de tareas muy poco atractivas para sus compañeros de militancia: llevar las cuentas, escribir actas de reuniones, mantener ordenado el local donde celebraban las asambleas…


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Los 35 santos de mi vida - 10 - SAN SIMÓN EL ESTILITA Y OTROS SANTOS LOCOS DE ORIENTE

 En otoño de 1979, el mismo año en que el partido socialista abandonaba definitivamente el marxismo, se casó con quien cuarenta y cinco años después sigue siendo su mujer. Aquella boda civil fue un compromiso entre el nacionalcatolicismo, que todavía controlaba la sociedad y las instituciones españolas, y las ideas de libertad y laicismo, que ambos compartían. Ahora puede parecer un asunto sin importancia, pero para ellos sí que la tenía.

A los pocos días de casarse, se trasladaron a Cartagena, donde él se incorporó a su primer trabajo a jornada completa, en una fábrica de motores diésel.

Los primeros meses fueron duros. El paso de un piso comunitario en un Madrid donde ya arrancaba la movida, a la soledad compartida de un piso propio en una ciudad de provincias en donde no conocían a nadie, junto con el ambiente de una empresa con una cultura militarista y unos compañeros de trabajo en su mayor parte conservadores, no fue sencillo.

Fueron tiempos difíciles, con la impresión de que se estaba haciendo mayor y de que la vida le pasaba por delante como un tren expreso con todas las ventanillas encendidas al que no era capaz de subirse.

Salían de copas casi todas las noches, en un vano intento de encontrar a alguien con quien charlar un rato; frecuentaban el oasis de la librería Espartaco y antros como Arlequín y La Tortuga, donde entablaban breves conversaciones con los camareros. Con alguno de ellos iniciaron una amistad que aún perdura.

Solo la lectura lo devolvía a la época idílica de estudiante. Gracias a la ayuda de Mariano, su librero de cabecera, descubrió nuevos territorios literarios, como Bryce Echenique, Isaak Bábel o Ciro Alegría.

Fue entonces cuando entró en relación con el Cine Club Hannibal, de cuyo equipo, con el tiempo, llegó a formar parte. A través del cine club tuvo su primer contacto con Simón el Estilita, de la mano de Luis Buñuel y su premiado mediometraje Simón del Desierto. La película formó parte de uno de los famosos maratones de cine que organizaban un par de veces al año en la ahora desaparecida Casa de la Cultura. Aquellas sesiones atraían a todos los cinéfilos de la ciudad y sus alrededores en torno a la proyección consecutiva de cuatro films que no se hubieran exhibido en los cines comerciales de la zona. La primera película solía comenzar alrededor de las ocho de la tarde, con lo que la última nunca terminaba antes de las cuatro de la madrugada. Aquella noche, junto a Simón del DesiertoJoe Hill Los Rompepelotas, se proyectó otro film de temática religiosa: Sebastiane, de Derek Jarman.

Sebastiane, con su clara defensa de la homosexualidad, su iconografía pop y sus diálogos en latín, causó sensación entre el público y bastante revuelo entre los ambientes más conservadores de Cartagena, aunque nada comparado con el que, cinco años después, provocó la proyección de Yo te saludo, María, que requirió protección policial ante las amenazas ultras.

A él, en cambio, le impresionaron más las imágenes en blanco y negro de un monje que llevaba seis años subido a una columna y a quien, a nivel del suelo, acompañaban un rebaño de cabras, un enano, un manco de las dos manos y un joven monje. Aquella película le llevó a interesarse por la historia de un santo tan peculiar.

El primer problema para profundizar en la vida de aquel personaje es que no hubo uno sino al menos cuatro santos con el mismo nombre; lógicamente sin contar a Simeón Metafrastres el Compilador, gran hagiógrafo de la iglesia bizantina, que no llegó a ser canonizado.

No hay constancia de cuál de ellos inspiró la película de Buñuel, aunque, a la vista de lo que se conoce de cada uno de ellos, lo más probable es que fuera Simón el Viejo.

Durante los primeros siglos del cristianismo, vivir sobre una columna significaba un camino casi seguro a la santidad, aunque a poco que se investigue nos encontraremos con que estos Simeones o Simones no vivieron encaramados a una auténtica columna, sino en el último piso de una torre (como se los solía representar en la Edad Media) o, más frecuentemente, en lo alto de alguna aguja rocosa, similar a las que sirven de base a los monasterios ortodoxos del monte Athos.

Los estilitas eran —y siguen siendo— monjes de la Iglesia de Oriente que, bajo el pretexto de huir de la multitud, en el fondo perseguían una cierta notoriedad, un nicho de mercado en donde obtener ventaja a la hora de alcanzar la fama y recibir más limosnas de los fieles. Para ello, se aislaban sobre su torre, peñasco o columna y vivían encima de ella como ermitaños, dedicados a rezar, predicar y meditar. Si de verdad buscasen la soledad ¿no procurarían ocultarse en lo más profundo de un bosque o lo más árido de un desierto?

El primero a quien se le ocurrió la idea de aislarse en las alturas, Simón el Viejo, pastor y huérfano de padre, ingresó en un monasterio hacia los 16 años. Espantados por su fanatismo, sus compañeros le pidieron que se marchase en aras de la convivencia. Al sentirse rechazado, se internó en el desierto y permaneció casi cuarenta años sobre sucesivas columnas cada vez más altas, huyendo de las multitudes que acudían a él por su fama de santidad.

Su sucesor, Simón el Joven, fue un auténtico santo prodigio, ya que subió a su primera columna a los siete años y permaneció en los alrededores de Antioquía, sobre distintas torres o columnas, hasta su muerte a los setenta y un años. Un total de sesenta y cuatro años por las alturas, un récord probablemente imbatido.

Simón Tercero de Emesa, patrón de los titiriteros, también llamado el Loco, hacía honor a su apodo. Según la edición de 2005 del Martirologio Romano, se hizo necio por Cristo. No fue un estilita propiamente dicho, sino que comenzó su vida religiosa como anacoreta y luego se integró en la tradición de los llamados Santos Locos de la Iglesia de Oriente, que tuvo bastantes seguidores en los siglos V al VIII de nuestra era. Para alejarse del mundo y sus pecados, la mayoría de estos santos no se marchaban al desierto ni se aislaban en lo alto de una roca, sino que seguían viviendo en las ciudades, pero fingían la locura para ser repudiados por sus vecinos y poder dedicarse a la meditación sin interrupciones. Así, Simón el Loco entraba desnudo en el baño de las mujeres, perturbaba el desarrollo de la liturgia, apagaba las velas de iglesia lanzándoles nueces, defecaba en la vía pública y solía arrastrar por las calles un perro muerto. Uno de sus compañeros, Marcos el Loco, paseaba desnudo por las calles de Alejandría y robaba en el mercado para repartir alimentos entre otros locos.

Es lógico que hoy en día la Iglesia Católica no los siga proponiendo como ejemplo de vida para sus fieles; de hecho, el san Simón que aparece en el calendario litúrgico es el apóstol Simón el Cananeo o el Zelote, sin ninguna relación con los otros Simones citados hasta ahora.

La teoría de que los monjes estilitas no vivían sobre columnas sino sobre pilares rocosos queda reforzada por el ejemplo de los últimos que ejercen tal actividad.

En agosto de 2014, durante un viaje por el interior de Georgia, nuestro protagonista tuvo ocasión de visitar el peñón de Katskhi, a orillas del río Kashura, sesenta kilómetros al este de Kutaisi. Desde 1995, un monje eremita, Máximo Qavtaradze, vive en la minúscula cima de este peñasco, a cuarenta metros sobre el bosque circundante.

La plataforma superior de la roca está ocupada por una pequeña ermita del siglo XIII dedicada a san Máximo el Confesor, también estilita, y por una casita no muy grande construida por los fieles de la aldea más cercana para resguardar al actual monje.

Sus únicos medios de comunicación con el exterior eran, hasta hace poco, una escala vertical que casi nunca usaba y por la que se tardaba media hora en alcanzar la cima, las campanas con las que anunciaba sus sermones y una polea que le permitía izar cajas con comida y otros suministros. La reciente instalación de una antena de telefonía móvil sobre una montaña cercana puede haber roto su aislamiento, ya que uno de sus seguidores le ha regalado un teléfono móvil.

Su mayor dolor era el fracaso en su anhelo de predicación. En un ruso arcaico y entrecortado, le confesó a su visitante que, después de años de notoriedad, en aquellos momentos tan solo dos fieles acudían, muy de tarde en tarde, a escuchar sus homilías. Al parecer, un nuevo estilita, el pope Levan Tsinandali, le ha robado gran parte de su clientela tras instalarse desnudo en otro peñasco cercano, más alto y de menor superficie que el peñón de Katskhi. Gracias a un sistema de megafonía, los fieles de su competidor ya no necesitan ascender hasta lo alto del peñasco para escuchar sus predicaciones.

Mientras Arturo hablaba con el eremita, su mujer tuvo que esperarlo al pie de la roca. La tradición prohibía que subieran a la cima hembras, fueran humanas o de otra especie. "Ni zhenshchin, ni kur", ni mujeres, ni gallinas, le insistió Máximo, dando el tema por zanjado.

Meses antes había leído en el Daily Mail la entrevista hecha a Máximo Qavtaradze por un periodista neozelandés, en la que se explicaba la extraña decisión del monje. Estas son las palabras del estilita: “Cuando era joven, bebía, vendía drogas, todo. Al acabar en la cárcel, me di cuenta de que era hora de cambiar. Solía beber con mis amigos en las colinas de esta zona y contemplaba este lugar, donde la tierra y el cielo se encuentran. Sabíamos que había habido monjes aquí y yo sentía un gran respeto por ellos”. Es muy probable que acabe como su predecesor, cuyo esqueleto encontraron en 1944 los primeros alpinistas que escalaron el peñasco en la época actual.


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Los 35 santos de mi vida - 11 - EL DIVINO PREPUCIO

La primera vez que visitó Marruecos fue en 1975, meses antes de la muerte de Franco, con el objetivo de conocer las míticas plantaciones de cánnabis de las montañas de Ketama. Viajó con una amiga vegetariana, que pocos meses después le rompería el corazón en Londres, y con un amigo común. Fumó todo el kif que quiso, presenció la detención de dos españolas todavía más ingenuas que él y la connivencia entre policías y pequeños traficantes, y sufrió un intento de secuestro en una carretera solitaria. Salió de allí escaldado, como tantos jóvenes de su generación, y tardó casi cinco años en volver.

En aquel viaje comenzó su alejamiento de Kerouac y Ginsberg, sustituidos por escritores con un compromiso más convencional, como Regis Debray o Frantz Fannon, que en su mente se mezclaban con los teóricos del nacionalismo gallego en un potaje de muy difícil digestión. A otros conocidos suyos les fue mucho peor, como a Moncho Reboiras, que se lanzó a la lucha armada contra el régimen franquista, sin un auténtico respaldo popular, y murió en el mismo Ferrol por disparos de la policía.

En enero de 1984 su empresa lo envió a Casablanca, para intentar solucionar unos pequeños problemas surgidos con los motores de la corbeta Lieutenant-Colonel Errahmani, construidos en la fábrica de Cartagena donde él trabajaba.

Después de su experiencia en Ketama había hecho alguna excursión a Tánger, pero este era su primer viaje a Marruecos por motivos laborales. Y fue allí, en un país musulmán, donde encontró una noticia que lo puso tras la pista de uno de los grandes misterios del cristianismo: el paradero del santo prepucio.

Le extrañó que en el control de entrada del aeropuerto de Casablanca le confiscaran un ejemplar de El País. Al principio supuso que era una triquiñuela de los funcionarios marroquís para ganarse un pequeño soborno a cambio de devolverle el periódico, pero la cara de los policías, mucho más adusta de lo habitual, y el interrogatorio al que lo sometieron sobre los motivos de su viaje, le hicieron pensar que allí había algo más.

Su mosqueo siguió creciendo hasta que, después de enseñarles la reserva de hotel, el billete de vuelta y —sobre todo— los documentos que acreditaban que viajaba a petición de la Armada Real de Marruecos, accedieron a dejarle entrar en el país.

Esa misma tarde, durante un fallido intento de encontrar un restaurante para cenar, paseó por unas calles casi desiertas, patrulladas por camiones repletos de soldados. Lo malo no era no entender lo que decían por los megáfonos, sino aquellos soldados, morenos, mal afeitados, algunos con mantas al hombro y muchos con viejos fúsiles tipo máuser, que le trajeron a la cabeza otras imágenes que nunca había esperado ver en directo: las de los moros recorriendo las calles de Sevilla en julio de 1936 bajo las órdenes del general Queipo de Llano. Rápidamente se convenció de que lo mejor era hacer caso de los consejos que había recibido y quedarse en su habitación.

Al día siguiente, un español huésped de su hotel le aclaró por fin lo que estaba sucediendo: había tenido la mala suerte de aterrizar en plenas revueltas del pan, uno de los pocos estallidos populares en un país controlado con mano de plomo por el rey Hassan II y su gobierno. Lo más sensato era esperar sin salir del hotel a que se aplacaran los ánimos de policías y manifestantes antes de intentar realizar su trabajo en la base naval. La situación era preocupante y esa misma mañana, en el interior de la base, pudo ver cómo un batallón de Fusileros Marinos se preparaba para salir a la calle a reprimir las protestas contra la carestía de la vida. Los mismos militares marroquíes le aconsejaron que no volviera al arsenal al día siguiente e insistieron en que no saliera del hotel hasta nuevo aviso.

Esa noche descansó muy poco. En su duermevela recordaba lo que de niño había escuchado contar a su abuela y otros familiares sobre la muerte del abuelo José, fallecido durante los primeros días del golpe militar de 1936, en el curso de los combates por el control del Arsenal Militar de Ferrol y de los buques de guerra allí fondeados.

Durante aquella semana que permaneció confinado su principal problema fue el aburrimiento. Había llevado un solo libro, El mundo es ancho y ajeno, de Ciro Alegría, recomendado por Mariano, su librero habitual. Pensaba que su estancia en Marruecos se limitaría a dos o tres días, incluido uno de navegación en la corbeta, pero sus casi quinientas páginas eran insuficientes para una semana, tiempo mínimo que se calculaba durarían las protestas y sin otra ocupación que las tres comidas diarias en el comedor del hotel.

Sus opciones de entretenimiento eran muy reducidas: no habían llegado los tiempos de la telefonía móvil, internet ni la televisión por cable. La única cadena que captaba el televisor de la habitación emitía casi sin interrupción espacios religiosos en árabe, en los que un señor vestido de blanco salmodiaba lo que supuso eran versículos del Corán. Le pareció curioso, pero insoportable al cabo de cinco minutos.

Los pocos extranjeros huéspedes de su hotel habían dejado sus habitaciones y volado de vuelta a sus países de origen. No tenía a nadie con quien charlar.

Una mañana, al salir de desayunar, vio en el carrito de una de las camareras de piso un periódico escrito en italiano. Se apropió de él y, ya en la soledad de su habitación, descubrió que se trataba de un ejemplar de L’Observatore Romano de finales de diciembre.

Nunca había tenido en sus manos un número del diario vaticano, pero a falta de otra distracción se lo leyó. Allí encontró una noticia que le pareció fascinante: el robo de la reliquia del santo prepucio que se conservaba en la parroquia de Calcata, un minúsculo pueblo medieval situado unos cincuenta kilómetros al norte de Roma.

Según las declaraciones de Darío Magnoni, párroco de Calcata, “La santa reliquia este año no podrá ser expuesta a la devoción de los fieles. La han robado. Manos sacrílegas la han hecho desaparecer de mi habitación”.

En sus viajes había visitado templos en los que se veneraba un pelo de la barba de Mahoma, un diente de Buda o plumas de las alas del arcángel san Miguel, pero nunca un fragmento del cuerpo de un dios. Todas aquellas reliquias se custodiaban con fuertes medidas de seguridad, por lo que le sorprendió que un objeto tan importante, la única parte del cuerpo de Jesucristo que se conserva, se guardara en el dormitorio de un párroco de pueblo.

Una vez sofocada la revuelta provocada por la carestía de la vida, a golpe de porra, detenciones y la intervención de más de veinticinco mil soldados y policías que causaron más de una veintena de muertos entre los manifestantes, nuestro protagonista pudo salir a navegar en la corbeta Errahmani.

Al coincidir con los últimos días del Ramadán, a bordo no se fumaba ni se servían comidas ni bebidas; la ausencia de relaciones sexuales se daba por descontada. Por eso, se sorprendió mucho cuando a mediodía se le acercó un marinero portando un bocadillo de tortilla francesa. La tripulación consideraba que el ayuno del Ramadán solo obligaba a los seguidores del profeta y que, por lo tanto, un presunto cristiano podía comer cuanto deseara.

Al verle rechazar el alimento, el mismo marinero le explicó que ese día se celebraba la Fiesta del Sacrificio, una de las más importantes del año, y se conmemoraba el pasaje del Corán en donde el profeta Ibrahim acepta sacrificar a su hijo Ismail en muestra de obediencia a Alá. En el último momento, Alá se apiada de Ismail y le entrega a Ibrahim un cordero para que lo sacrifique en su lugar.

Recordó entonces una leyenda similar recogida en la Biblia, donde se cambia a Alá por Jehová, a Ibrahim por Abraham y a Ismail por Isaac. Para judíos, cristianos y musulmanes la narración muestra la benevolencia de Jehová, Alá o Yahvé, que en el último momento perdona a la víctima inocente, y la obediencia de Abraham o Ibrahim, dispuesto a matar a su hijo si su dios se lo pide.

Aquel día, mientras navegaba frente a la refinería de Mohammedia y el estómago le rugía de hambre, él interpretó ese pasaje de otra manera: un padre despótico y fanático, dispuesto a matar a su hijo; un hijo sumiso, sin coraje, incapaz de rebelarse contra la locura asesina de su padre, y un dios tan cruel y despiadado como para hacer sufrir a sus seguidores más fieles.

Ya de regreso en casa, al deshacer el equipaje encontró el ejemplar de L’Observatore Romano sustraído en Casablanca. Estuvo a punto de tirarlo, pero acabó guardado en una caja de archivo permanente rotulada como “VARIOS”, de la que no saldría hasta su instalación en Cádiz.

Los tres años siguientes significaron una ruptura de todos los diques. Se empezaba a hablar de un nuevo virus, el SIDA, pero los escasos contagios se atribuían al contacto con animales salvajes en el golfo de Guinea y aún no se había desatado el miedo a las relaciones sexuales sin protección.

Cuando le comunicaron su próximo traslado a Cádiz, decidió relajar mucho su ritmo de trabajo en la fábrica y disfrutar al máximo los meses que le quedaban a orillas del Mediterráneo.

Nunca olvidaría aquellas fiestas sin principio ni fin en un viejo chalet de Balsicas o en un apartamento de La Manga. La música sonaba sin parar, fuera jazz o marchas procesionales; las sustancias legales e ilegales circulaban sin tacañería y sobre todo ello sobrevolaba el sexo, mucho sexo. Las combinaciones no parecían tener límites en cuanto al género, número o edad de los participantes. Se pasaban noches enteras jugando a nuevas versiones de antiguos juegos infantiles: la gallinita ciega, el escondite inglés, el muelle, el tres en raya… Quizás los lugares de encuentro más castos fueran las playas nudistas de Calblanque y Cala Morena, objeto de las iras de los fundamentalistas locales.

Una vez instalado en Cádiz, volvieron la calma, el aburrimiento y las investigaciones sobre la sagrada reliquia.

Aunque en Casablanca se había tomado el robo del divino prepucio como una noticia de relleno sin mayor profundidad, durante sus investigaciones posteriores descubrió que la historia de aquella reliquia tan particular estaba bastante bien documentada. Al parecer, el trocito de piel cortado al niño Jesús durante la circuncisión lo había conservado su madre en un frasco lleno de aceite de nardos. Años después y según algunas versiones, cuando apareció María Magdalena en la vida de Jesucristo la virgen María le entregó la reliquia; la leyenda no especifica los motivos, pero todo señala a la existencia de una relación muy especial entre Jesús de Nazaret y María de Magdala. Por su parte, uno de los evangelios apócrifos contradice lo anterior y señala que la madre de Cristo, antes de morir, encargó la custodia de la reliquia a Juan el Bautista.

Se acordó entonces de su propio prepucio, que se suponía arrojado por el cirujano al cubo de la basura antes de proceder a un burdo cosido que le causó molestias durante varios meses.

A partir de la muerte de Cristo, la pista del santo prepucio se perdió durante ocho siglos, hasta que un ángel se lo entregó en Jerusalén a Carlomagno, quien a su vez se lo regaló al papa León III durante la ceremonia de su coronación al frente del Sacro Imperio Romano Germánico.

Durante otros setecientos años, la reliquia reposó en la basílica romana de san Juan de Letrán, hasta que fue sustraída en 1527, durante el saqueo de Roma llevado a cabo por las tropas lansquenetes de Carlos I de España y V de Alemania. Años después, el divino prepucio apareció en un establo de Calcata, donde uno de los soldados españoles había estado prisionero; desde entonces era exhibida a los fieles cada 1 de enero, declarado por la Iglesia Católica fiesta de la Circuncisión de Cristo.

Durante mucho tiempo estuvo prohibido referirse a esta reliquia como «prepucio», por las connotaciones de dicha palabra; en su lugar, se nombraba como caro vera sacra, “auténtica carne sagrada”. Había —y sigue habiendo— un consenso generalizado entre los especialistas: Jesús de Nazaret fue circuncidado, como todos los judíos de su tiempo. Hubo más dudas acerca de si, después de la resurrección, Jesucristo seguía sin prepucio, lo que parecía ir en contra de la doctrina de la resurrección de la carne, pero santo Tomás de Aquino estableció que la integridad física del resucitado no podía referirse a pequeñas partes marginales de su cuerpo.

Descartadas ciertas teorías poco creíbles pero que alcanzaron una amplia difusión a principios del siglo pasado, como que el divino prepucio había ascendido al cielo por su cuenta hasta convertirse en uno de los anillos de Saturno, se abría el camino a considerar que la reliquia podía ser auténtica. 

A nadie debería sorprender, por otra parte, el culto a tan peculiar objeto. El propio Carlomagno se había traído de Palestina no solo el prepucio, sino un trozo de la cruz de Cristo, su cordón umbilical, partes del pesebre y espinas de su corona. Otros peregrinos aportaron clavos de la cruz, la toalla con la que secó los pies a los apóstoles en la Última Cena, lágrimas y leche de la Virgen o la rama con la que Cristo azuzaba a la borriquita durante su entrada triunfal en Jerusalén.

Lo más probable es que detrás de esta desaparición haya estado el propio Vaticano. A la Iglesia del momento le habría venido muy bien pasar página sobre esta reliquia, cuando menos discutible y, en cualquier caso, propiciadora de irreverencias. En apoyo de esta teoría está la eliminación de la fiesta de la Circuncisión de Cristo del Santoral Romano, decidida durante el mismo Concilio Vaticano II que expulsó a san Arturo del santoral.

Justo cuando daba por finalizada la búsqueda de nueva información sobre el divino prepucio, recibió noticas del suyo propio, tantos años desaparecido. Una carta de la clínica le informaba que, en el curso de unas obras de reforma, habían encontrado un armario lleno de muestras biológicas conservadas en formol. Entre ellas estaba su prepucio, que le ofrecían enviarle a portes debidos.

Todavía conserva el frasco en uno de los estantes de su librería, rotulado con su nombre y apellidos, la fecha de la intervención y la inscripción Praeputium exuberans.


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Nihil obstat

Los santos desaparecidos

San Arturo de Irlanda

San Baltasar

Santa María Goretti, san Tarsicio y san Agilolfo

San Andrés de Teixido y otros santos navegantes

Genarín de León

La santa Muerte

Los niños santos

Fermín Salvochea

San Simón el estilita y otros santos locos de Oriente

El divino prepucio

Los gusanos sagrados

San Cucufato

El imam Reza

El gauchito Gil

Xangô y sus otros orixás

Notas y santoral

Bibliografía y Tibi gratias ago